Los ministros de Exteriores de los once países de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) iniciaron este martes en Manila su reunión anual, con la sesión plenaria del bloque como punto de partida. En la agenda figuran asuntos como el refuerzo de la interconexión de redes eléctricas en una región que alberga a 700 millones de personas.
El telón de fondo no puede ser más exigente. El Sudeste Asiático, muy dependiente de las importaciones de combustible procedente de Oriente Medio, acusa el impacto de la crisis energética derivada del cese en la navegación por el estrecho de Ormuz, resultado de los enfrentamientos entre Estados Unidos e Israel contra Irán. Los ataques iraníes contra barcos que intentan transitar por Ormuz han reavivado las alarmas de la región, que había alcanzado cierta estabilidad en junio cuando Washington y Teherán pactaron un cese al fuego que Estados Unidos dio por terminado hace dos semanas.
El secretario de Estado Marco Rubio llegó este martes a la capital filipina para sostener reuniones bilaterales con varios cancilleres del bloque. El Departamento de Estado precisó que el objetivo de Rubio en Manila es impulsar «un Indo-Pacífico libre y abierto que brinde seguridad y prosperidad para la región y para el pueblo estadounidense», en referencia velada a las múltiples reclamaciones territoriales que China mantiene en la zona.
La presencia simultánea de Rubio y del canciller chino Wang Yi convierte la cita en un escenario de geometría variable. Rubio no aclaró antes de partir si se reunirá con su par chino, después de que el presidente Donald Trump acusara a China de interferir en las elecciones de 2020. El dato importa más que el ruido: que ambas potencias acudan al mismo foro no garantiza diálogo, pero sí obliga a cada capital del bloque a calcular su posición con mayor cuidado.
En paralelo, la ASEAN mantendrá una reunión específica sobre Birmania. Los recientes acercamientos con el gobierno militar que tomó el poder en el golpe de 2021 —que puso fin a una década de transición democrática, agravó los conflictos internos con grupos rebeldes y arrestó a líderes civiles como la premio Nobel Aung San Suu Kyi— apuntan, según expertos, a un posible cambio de paradigma en el bloque para «reengancharse» con ese socio. El analista tailandés Thitinan Pongsudhirak advirtió a EFE que «ceder demasiado pronto ante el gobierno militar birmano pone en riesgo la credibilidad de la ASEAN».
Conviene mirar los incentivos. Para Washington, la cumbre de Manila es una oportunidad de consolidar alianzas en un arco geográfico donde la libertad de navegación y el acceso a mercados abiertos son condición de prosperidad para todos los actores, incluidos los propios socios del Sudeste Asiático. La política exterior de Rubio, centrada en un Indo-Pacífico libre, ofrece a las economías de la región un contrapeso creíble frente a la presión de Pekín, que avanza sus reclamaciones territoriales con independencia del ciclo diplomático.
La historia sugiere cautela respecto a los comunicados finales de la ASEAN, un bloque construido sobre el consenso y la no interferencia. Pero la crisis de Ormuz impone una urgencia material que ningún eufemismo burocrático puede disimular: si el flujo de energía no se estabiliza, el coste lo pagarán los ciudadanos y las empresas de la región, no las cancillerías. Ese es el verdadero orden del día.



