El primer ministro norcoreano, Pak Thae-song, llegó este viernes a Pekín al frente de una delegación del partido y del Gobierno de Corea del Norte para una visita oficial de tres días. El motivo formal es la conmemoración del 65 aniversario del Tratado de Amistad, Cooperación y Asistencia Mutua entre ambos países. La agencia estatal china Xinhua confirmó la llegada en un comunicado escueto, sin detallar agenda ni actos.
La portavoz del Ministerio chino de Exteriores, Mao Ning, había anunciado el viaje el jueves en una rueda de prensa rutinaria. En esa ocasión describió a China y Corea del Norte como «vecinos tradicionalmente amistosos» y calificó el desarrollo de sus relaciones bilaterales como una «política estratégica firme» del Partido Comunista de China y del Gobierno chino. Mao añadió que Pekín está dispuesta a «reforzar la comunicación estratégica, estrechar los intercambios e impulsar continuamente el desarrollo de las relaciones tradicionales de amistad y cooperación».
El viaje de Pak no ocurre en el vacío. Se produce apenas un mes después del viaje de Estado del presidente Xi Jinping a Corea del Norte, el primero en siete años, durante el cual Xi y el líder norcoreano Kim Jong-un acordaron abrir un «nuevo capítulo» en las relaciones bilaterales. En aquella ocasión, las dos partes subrayaron su voluntad de ampliar la cooperación política, económica y estratégica. Pekín mencionó explícitamente un refuerzo de los intercambios militares; la desnuclearización de Corea del Norte no apareció en ningún comunicado.
A ese impulso diplomático se suma la reanudación, en marzo pasado, de las conexiones ferroviaria y aérea de pasajeros entre Pekín y Pionyang, suspendidas durante seis años por el cierre fronterizo norcoreano durante la pandemia de covid. La reapertura de esas rutas es un indicador tangible de que la normalización va más allá del protocolo.
El dato importa más que el ruido. Lo que se está construyendo entre Pekín y Pionyang no es una relación de tutela incómoda, sino un eje estratégico deliberado. La ausencia de cualquier referencia a la desnuclearización en el viaje de Xi y, ahora, en la visita de Pak, no es un olvido: es una señal de que Beijing ha decidido priorizar la estabilidad del régimen norcoreano y la utilidad geopolítica de ese vínculo por encima de las exigencias del orden internacional en materia de no proliferación.
Conviene mirar los incentivos. Para Pekín, un Pionyang reintegrado comercialmente y políticamente alineado es un activo frente a Washington y Seúl; para Kim Jong-un, la legitimidad que otorga el abrazo chino reduce la presión exterior. El resultado es un eje que complica el tablero en el Indo-Pacífico precisamente cuando la administración Trump intenta reconfigurar sus alianzas en la región. Las democracias de mercado que apuestan por un orden basado en reglas tienen motivos para seguir este proceso con atención: cada «nuevo capítulo» entre Pekín y Pionyang es, también, un capítulo menos en la agenda de desnuclearización.



