El primer ministro Benjamín Netanyahu viaja a Washington esta semana para reunirse con el presidente Donald Trump el martes. El encuentro llega en un momento que la fuente describe como el de «amigos con beneficios»: cercanía sin compromiso pleno, utilidad mutua sin alineación estratégica total.
El punto de máxima convergencia entre ambos países se situó, según el análisis disponible, entre junio del año pasado —la guerra de los 12 días contra Irán— y los bombardeos iniciados el 28 de febrero, orientados al derrumbe de la República Islámica. Ese momento pasó. Ante la supervivencia del régimen de Teherán, Washington optó por negociar: el Memorando de Entendimiento resultante implicó aceptar la continuidad de la República Islámica a cambio del fin de su proyecto de bomba atómica. Israel, en cambio, sigue demandando el reemplazo de un régimen que desde 1979 llama a la eliminación de lo que denomina «la entidad sionista».
La divergencia no es menor. Refleja una diferencia de intereses que la historia bilateral conoce bien. En 1956, Washington humilló a Israel —junto a Francia y el Reino Unido— obligándolo a retirarse del Sinaí tras la crisis del Canal de Suez. Hasta la Guerra de los Seis Días de 1967, Estados Unidos ni siquiera era el proveedor de armas de Israel: ese rol lo cumplía Francia. La alianza estratégica tal como se la conoce hoy es relativamente reciente, consolidada recién en torno a la Guerra de Yom Kippur.
El contexto inmediato añade presión. El 27 de octubre hay elecciones generales en Israel y el 3 de noviembre se celebran los comicios de medio término en Estados Unidos. Ambos procesos funcionarán como referendos personalizados sobre Netanyahu y Trump, respectivamente. Cualquier revisión profunda de la relación bilateral tendrá que esperar esos resultados.
Hay además un factor estructural que la élite política y de seguridad israelí no ignora. Como recuerda la fuente citando a Henry Kissinger, tan peligroso es confrontar a Estados Unidos como depender exclusivamente de su defensa. Los casos de Vietnam del Sur y Afganistán —aliados de Washington hasta el día en que la Casa Blanca cambió de opinión, con frecuencia en vísperas electorales— son lecciones que Jerusalén tiene presentes.
Lo que quizás preocupa más a Israel no es el tablero de Oriente Medio sino la transformación interna de la política estadounidense: el apoyo bipartidista y automático a Israel, que durante décadas se daba por descontado, está erosionándose tanto en la opinión pública como en el Congreso.
Conviene mirar los incentivos. Trump necesita mostrar resultados diplomáticos antes de noviembre; Netanyahu necesita proyectar fortaleza ante su propio electorado. Esa coincidencia táctica puede producir una foto útil para ambos sin resolver la divergencia de fondo sobre Irán. El dato importa más que el ruido: la pregunta no es si la alianza sobrevive —lo hará— sino qué precio paga Israel por una arquitectura regional que Washington está rediseñando con Riad y Ankara como piezas centrales. Para un país cuya seguridad depende de la credibilidad de sus compromisos exteriores, la diferencia entre un aliado incondicional y uno transaccional no es semántica: es existencial.



