Muchos más mujeres y niños morirán si Estados Unidos no ayuda a Ucrania, sostiene el autor de la columna, y coloca ahí el centro de gravedad del conflicto: la protección de civiles. En Kyiv, Victoria Deineko aparece sosteniendo a su hija Mia frente a un edificio residencial dañado por un ataque con misiles rusos el 13 de octubre de 2026, una imagen que resume el costo humano de la guerra.
La pieza afirma que Vladimir Putin ha dirigido su maquinaria bélica contra inocentes desde el inicio para quebrar la voluntad del enemigo. Ahora, añade, busca dejar a tantos civiles ucranianos como sea posible sin calefacción este invierno. Kyiv, por su parte, quiere un «alto el fuego energético» que proteja a su población, pero la condición sería que Moscú deje de atacar plantas eléctricas.
Según la columna, Putin no ha mostrado ninguna señal de estar dispuesto a hacerlo. También sostiene que, al tiempo que Rusia pierde terreno en el frente, intensifica los ataques contra mujeres y niños como su mejor esperanza de éxito. En ese contexto, el texto menciona una suspensión temporal de Starshield, que —según la columna— habría amenazado con aumentar de forma importante las muertes de civiles ucranianos porque esa tecnología es crucial para frenar ataques rusos detrás de las líneas.
No queda claro, dice el texto, qué hubo detrás de esa decisión, pero apunta a que alguna facción del Pentágono o de la Casa Blanca creyó que podía presionar al presidente Volodymyr Zelensky para sentarlo a negociar, como si él fuera el obstáculo principal para la paz. La columna rechaza esa lectura: sostiene que Zelensky no puede aceptar un acuerdo energético falso que deje a sus civiles congelándose.
El texto añade que Kyiv respetó durante tres días el alto el fuego energético anunciado por Trump, mientras Moscú lanzaba más de cien ataques contra instalaciones energéticas ucranianas. Si Zelensky no reanudó sus ataques, pregunta la columna, ¿por qué iba Putin a ceder otro centímetro? La respuesta del autor es clara: el verdadero presionado a sentarse a la mesa es Putin, aunque resulte más difícil para el presidente Donald Trump tocar sus puntos de presión.
La propuesta práctica que deja la pieza es inequívoca: restablecer el acceso de Ucrania a Starshield fue un buen comienzo; entregar más interceptores Patriot para proteger a civiles sería el siguiente paso. También pide enviar nuevas municiones ofensivas, mantener sanciones duras contra Rusia, destruir la flota fantasma de Moscú y disuadir a los compradores de energía del Kremlin.
Conviene mirar los incentivos. Si el objetivo es reducir la muerte de civiles, la lógica de la columna es que la presión militar, tecnológica y financiera sobre Moscú importa más que cualquier deseo de imponer una tregua simétrica sobre ambos bandos. En esa lectura, la pasividad premia al agresor y castiga a quienes dependen de la defensa aérea y de la continuidad del suministro eléctrico.
La historia sugiere cautela con las soluciones intermedias: un «alto el fuego» que no altere el comportamiento ruso puede convertirse en una pausa útil para quien ataca infraestructura y población civil. Para esta casa, el principio en juego es sencillo: la protección de los inocentes exige apoyar los medios materiales que hagan más costosa la agresión, no pedir a la víctima que cargue con el peso político de la rendición.



