El ex primer ministro chino Zhu Rongji murió este miércoles en Pekín a las 11:06 hora local, según informó la agencia oficial Xinhua. Tenía 97 años. Un obituario publicado conjuntamente por el Comité Central del Partido Comunista de China, el Gobierno y otros órganos estatales señaló que los tratamientos contra una enfermedad habían fracasado.
Nacido en 1928 en Changsha, capital de la provincia de Hunan, Zhu estudió ingeniería eléctrica en la Universidad de Tsinghua y se afilió al Partido Comunista en 1949. Su trayectoria ascendió por la vía económica: fue alcalde y secretario del PCCh en Shanghái entre finales de los años ochenta y comienzos de los noventa, etapa en la que impulsó el desarrollo de Pudong, uno de los proyectos de transformación urbana y económica más ambiciosos de la historia reciente de China.
En 1991 fue nombrado viceprimer ministro. Dos años después asumió también la gobernación del Banco Popular de China, el banco central, desde donde participó en las medidas para contener la inflación y el sobrecalentamiento de la economía. Ese perfil tecnocrático, orientado a los resultados y a la disciplina fiscal, lo distinguió dentro de la nomenclatura del partido.
Zhu ejerció como primer ministro entre 1998 y 2003, durante la presidencia de Jiang Zemin. En ese período encabezó reformas del sistema fiscal y financiero y de las empresas estatales en una etapa que las fuentes describen como clave en la transición de China hacia una economía de mercado. El hito más citado de su mandato fue presidir las negociaciones que desembocaron en la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio en 2001. Dejó el cargo en marzo de 2003 y desde entonces permaneció alejado de la primera línea política.
Conviene mirar los incentivos. Zhu Rongji gobernó en el momento en que China eligió integrarse al orden económico internacional en lugar de confrontarlo. Las reformas que impulsó —apertura comercial, disciplina monetaria, reestructuración de empresas estatales— generaron las condiciones para décadas de crecimiento que sacaron a cientos de millones de personas de la pobreza y convirtieron a China en la segunda economía del mundo. Ese proceso benefició también a los socios comerciales de Beijing y ancló al país en instituciones multilaterales que, con todos sus defectos, funcionan sobre reglas compartidas.
El dato importa más que el ruido. La historia de Zhu es, en parte, la historia de lo que el libre mercado puede hacer incluso dentro de un sistema de partido único cuando los incentivos apuntan en la dirección correcta. El contraste con el Beijing de hoy —más estatista, más confrontacional, más inclinado a usar el comercio como instrumento de presión geopolítica— no requiere adorno retórico. La trayectoria habla por sí sola. La pregunta que deja su muerte no es quién fue Zhu Rongji, sino si el modelo que encarnó tiene todavía defensores con peso real dentro del aparato que heredó su obra.



