Edouard Balladur, último primer ministro de François Mitterrand y una de las figuras centrales de la derecha francesa durante medio siglo, murió el lunes a los 97 años, según confirmó su familia. Gobernó entre marzo de 1993 y mayo de 1995, en una cohabitación que marcó el final del segundo mandato socialista de Mitterrand.
El presidente Emmanuel Macron lo describió en X como «un servidor exigente, mesurado y dedicado» que «llevaba a Francia en el corazón». El primer ministro Sébastien Lecornu fue en la misma línea: «Era un hombre de Estado, con espíritu reformista, y seguirá siendo un referente para muchos hombres y mujeres de su familia política».
Nicolas Sarkozy, quien fue su joven ministro de Presupuesto antes de convertirse en presidente, escribió que perdía «a un hombre que fue para mí un ejemplo, un mentor y un amigo», y añadió: «No habría tenido la carrera política que tuve sin su confianza». El líder de Los Republicanos, Bruno Retailleau, lo elogió como uno de esos políticos que «tienen una alta opinión de los electores porque tienen una idea noble de Francia». El presidente del Senado, Gérard Larcher, subrayó que Balladur «encarnó una determinada idea de la autoridad del Estado, del rigor presupuestario y de la responsabilidad política».
Balladur ingresó al gabinete de Georges Pompidou a los 35 años y participó, junto a Jacques Chirac, en las negociaciones de los acuerdos de Grenelle durante la revuelta de mayo de 1968. Siguió después a Pompidou al Elíseo como secretario general adjunto y luego secretario general de la presidencia. En la década de 1980, Chirac —ya al frente del RPR— lo trajo de vuelta a la política y lo nombró su ministro de Economía.
Tras la victoria de la derecha en las legislativas de 1993, Chirac renunció a volver a la jefatura de gobierno y cedió el puesto a Balladur. A pesar de una imagen de gran burgués altivo, el político se convirtió en un primer ministro popular, respaldado por buena parte de la opinión pública.
Ese respaldo lo llevó a presentarse como candidato presidencial en enero de 1995, con el apoyo de una fracción de la derecha, incluido Sarkozy. Durante semanas fue considerado favorito, pero su ventaja se erosionó y Chirac terminó pasando a la segunda vuelta, donde derrotó al socialista Lionel Jospin. Aquella derrota cerró sus ambiciones nacionales y abrió una fractura duradera entre «los amigos de treinta años», como los definió el propio Chirac.
Ya retirado, Balladur fue imputado por sospechas de financiación irregular de su campaña de 1995, vinculada a comisiones ilegales sobre contratos de armamento con Pakistán. El Tribunal de Justicia de la República lo absolvió en 2021; no ocurrió lo mismo con su exministro de Defensa, François Léotard, ya fallecido, condenado a dos años de prisión con la pena suspendida.
El homenaje transversal que recibió Balladur —desde Macron hasta Retailleau— dice tanto de su trayectoria como del vacío que la clase política francesa percibe hoy en materia de disciplina fiscal. La insistencia de Larcher en el «rigor presupuestario» no es un detalle protocolario: es el recordatorio de que hubo un tiempo en que ese principio, y no la administración perpetua del déficit, definía a un jefe de gobierno de derecha.
Conviene mirar los incentivos que dejó su carrera. Balladur llegó al poder por la vía de una mayoría legislativa clara, gobernó con la lógica de la responsabilidad institucional frente a un presidente rival, y salió absuelto tras un largo proceso judicial que sí condenó a un colaborador. La historia sugiere cautela antes de reducir su legado a la derrota presidencial de 1995: su aporte real fue mostrar que el Estado y el mercado pueden convivir con reformas, sin que ello implique renunciar al orden de las cuentas públicas.



