El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, afirmó este sábado que Rusia no encuentra motivos para esperar una mejora en su relación con la Unión Europea. En una entrevista con TASS, sostuvo que «los políticos actuales, la generación actual de políticos en el poder, tienen una mentalidad de confrontación, no solo de palabra sino también de hecho».
Según Peskov, la UE «está movilizando plenamente el potencial militar de Europa y dirigiéndolo contra nuestro país, participando directamente en operaciones militares en nuestra contra». El funcionario matizó que Moscú mantiene, al menos formalmente, la disposición a construir relaciones, pero insistió en que «debemos comprender perfectamente con quién estamos tratando».
El comunicado se produce en un contexto de ruptura que se remonta a la anexión de Crimea en 2014 y que se profundizó tras la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022. Desde entonces, Bruselas ha aprobado más de 20 rondas de sanciones contra Moscú.
Las palabras de Peskov llegaron días después de que el presidente del Consejo Europeo, António Costa, advirtiera que la Unión Europea mantendrá la presión sobre Rusia y exigiera una «participación real» de Moscú en las conversaciones de paz con Ucrania. «La presión sobre la economía rusa y su flota fantasma continuará y se intensificará. Rusia debe participar seriamente en las negociaciones de paz. La escalada no es la solución; la diplomacia sí lo es», escribió Costa en sus redes sociales tras una reunión virtual de la Coalición de Voluntarios, convocada con motivo del quinto Día de la Independencia de Ucrania desde el inicio de la guerra.
La jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, señaló que en ese encuentro se analizó cómo fortalecer la defensa aérea de Ucrania, sostener la ayuda a Kiev de cara al invierno y aumentar la presión sobre Moscú.
El contraste entre los mensajes de Moscú y Bruselas resume el punto en que se encuentra el conflicto: ambas partes declaran apertura formal al diálogo mientras profundizan, en los hechos, la confrontación. Peskov habla de «disposición a entablar relaciones»; Costa habla de «diplomacia»; ninguno describe un canal de negociación operativo.
Conviene mirar los incentivos. Para el Kremlin, prolongar el estado de excepción con Europa le permite sostener el relato de una guerra defensiva ante su propia opinión pública, mientras evita concesiones que impliquen reconocer un fracaso estratégico en Ucrania. Para Bruselas, mantener y ampliar sanciones —incluida la presión sobre la llamada «flota fantasma» que Rusia usa para eludir el techo al precio del petróleo— es la vía elegida para desgastar la economía rusa sin comprometer tropas propias. El resultado, más de tres años después, es una relación congelada que ninguna de las capitales parece dispuesta a descongelar en el corto plazo.
El dato importa más que el ruido: veinte rondas de sanciones no han producido, según el propio Kremlin, ningún cambio de actitud en Moscú, y la respuesta rusa —léase, la acusación de que la UE «participa directamente» en operaciones militares en su contra— tampoco ofrece una salida negociada. La historia sugiere cautela ante quienes anuncian, desde cualquiera de los dos lados, una diplomacia que por ahora no tiene traducción verificable en la mesa de negociación. Mientras tanto, el costo de la confrontación —energético, fiscal y de seguridad— sigue recayendo sobre los contribuyentes europeos, que financian tanto las sanciones como el rearme que Peskov denuncia.



