Un monje vestido con túnica naranja oscuro se planta frente a una fila de jóvenes y les dice que están allí con una misión: salvar a su país. La frase no es retórica. En 2023, la tasa de fecundidad total de Corea del Sur cayó a un mínimo histórico de 0,72 hijos por mujer, muy por debajo de la tasa de reemplazo de 2,1. El país enfrenta una de las crisis demográficas más agudas del planeta.
La escena ocurre en el templo Donghwasa, una construcción del siglo VIII enclavada entre la vegetación del monte Palgongsan. Allí, con el respaldo de alcaldías y asociaciones civiles, se celebra un retiro de 30 horas para solteros que combina actividades de presentación, citas supervisadas y, según sus organizadores, una dosis de propósito nacional.
«Los budistas siempre han sido los primeros en actuar cuando nuestro país ha atravesado momentos difíciles», explicó Yoo Cheol-ju, organizador del retiro, en alusión a la época en que el mismo templo sirvió como campamento de monjes guerreros que defendieron Corea de las invasiones japonesas en el siglo XVI. «La baja natalidad es una crisis nacional. Teníamos que hacer algo al respecto», añadió.
El proceso de selección para participar es, en sí mismo, revelador. Las plazas femeninas atrajeron a más de 1.580 candidatas, que debieron superar cuestionarios y vídeos de autopresentación para demostrar seriedad respecto al matrimonio y a tener hijos. El retiro estaba abierto a personas de cualquier fe.
Los participantes comparten un diagnóstico: encontrar pareja fuera de los circuitos tradicionales —escuela, trabajo, citas a ciegas organizadas por conocidos— resulta difícil en la Corea urbana contemporánea. El consumo de alcohol ha caído, las aplicaciones de citas nunca terminaron de despegar y las grandes ciudades no favorecen el contacto espontáneo entre desconocidos. Sunhyeji, una joven de 28 años que trabaja en una oficina provincial, lo resumió sin rodeos: «Solo voy del trabajo a casa y viceversa. No tengo ningún pasatiempo. Intenté buscar uno, pero todas las actividades eran individuales».
El gobierno surcoreano ha respondido con un menú de incentivos: permisos parentales más largos, bonificaciones en efectivo por el nacimiento de un hijo y apartamentos subvencionados para recién casados. Alcaldías y asociaciones civiles han ido más lejos, organizando eventos de citas con respaldo estatal, como este de Donghwasa.
Dentro del retiro, la agenda es densa. Rondas de presentación, caminatas por los senderos del templo, una ceremonia en la que los hombres entregan una rosa de plástico a la mujer con quien desean almorzar. Enyo, un participante de 30 años, llegó con pasteles franceses horneados por él mismo. Minho, funcionario de 32 años, eligió a Ruby, diseñadora de 28, para la cita del almuerzo. La conversación, según la crónica, fluyó.
El dato importa más que el ruido. Corea del Sur lleva años gastando recursos públicos cuantiosos en políticas pronatalistas con resultados magros: la tasa de fecundidad no ha dejado de caer. La iniciativa del templo Donghwasa es modesta en escala, pero apunta a un diagnóstico distinto: el problema no es solo económico, sino también social. Los jóvenes no se conocen.
Conviene mirar los incentivos. Cuando el Estado subvenciona apartamentos y bonificaciones pero no logra mover la aguja, y cuando un templo milenario con monjes y rosas de plástico llena sus plazas con 1.580 aspirantes, la señal es clara: la ingeniería burocrática tiene límites que la comunidad, la tradición y el sentido de propósito compartido pueden, al menos en parte, compensar. La historia sugiere cautela ante quienes prometen resolver la demografía solo con gasto público.



