El ranking de fortunas globales no es solo un marcador de vanidades: es un termómetro de dónde se crean incentivos, se asumen riesgos y se genera valor. La edición 2025 de Forbes y el informe anual de UBS ofrecen una lectura conjunta que conviene no reducir al titular de los superricos.
288 nuevos integrantes, 680.000 millones de dólares
Este año debutaron en el listado de Forbes 288 personas procedentes de 33 países y territorios, con una fortuna agregada de 680.000 millones de dólares y un promedio de 2.400 millones por persona. El dato estructural es más relevante que las cifras absolutas: el 68% de esos nuevos integrantes —196 personas— construyeron sus fortunas sin herencia. La riqueza autodidacta no es la excepción; es la norma del ciclo actual.
El caso más citado es el del saudí Sulaiman Al Habib, fundador de una red de hospitales privados, quien a los 73 años es el nuevo multimillonario autodidacta más rico del año con 10.900 millones de dólares. En el extremo opuesto del espectro etario, Alexandr Wang, cofundador de Scale AI, alcanzó los mil millones a los 28 años, impulsado por la valoración de su compañía de inteligencia artificial en 61.500 millones de dólares.
Marilyn Simons, con 31.000 millones, y Lyndal Stephens Greth, con 25.800 millones, lideran lo que Forbes describe como la mayor ola de nuevos integrantes en la historia del ranking.
América lidera; Europa y Asia-Pacífico, en la retaguardia
El informe de UBS sobre prosperidad global aporta el contexto macroeconómico. Tras una caída en 2022, la riqueza global volvió a crecer en 2024, superando el ritmo de 2023: 4,6% frente a 4,2% en términos de dólares. El crecimiento, sin embargo, no fue uniforme.
América registró un incremento superior al 11%, atribuido al desempeño de los mercados financieros estadounidenses y a la estabilidad del dólar. Asia-Pacífico creció menos del 3% y la región EMEA —Europa, Medio Oriente y África— apenas alcanzó el 0,5%. Europa Occidental, Oceanía y América Latina experimentaron, según UBS, una reducción de riqueza en términos relativos.
El propio informe advierte una paradoja estadística: más de la mitad de los mercados analizados vieron disminuir la riqueza promedio en términos reales —ajustados por inflación y en moneda local—, aunque la mediana creció en varios países. Eso sugiere que el avance se concentró en segmentos medios y bajos, mientras los más ricos experimentaron estancamiento o retroceso en algunos mercados.
Lo que el dato revela
Conviene mirar los incentivos. La concentración del crecimiento patrimonial en América —y dentro de América, en los mercados financieros estadounidenses— no es accidental: refleja un entorno regulatorio y fiscal que, pese a sus tensiones, sigue siendo más favorable a la formación de capital que sus competidores. La tecnología y la inteligencia artificial no son solo sectores; son el nuevo terreno donde se dirime qué economías producen riqueza y cuáles la consumen.
El dato importa más que el ruido. Que el 68% de los nuevos multimillonarios construyeran sus fortunas desde cero refuta la narrativa del privilegio heredado como motor principal de la desigualdad. El problema de fondo no es que existan Bezos o Zuckerberg; es que los marcos regulatorios de buena parte del mundo —incluida América Latina— desincentivan que sus propios ciudadanos recorran ese camino. Mientras Europa discute techos y redistribución, Silicon Valley y sus equivalentes globales siguen produciendo los nombres que aparecerán en el próximo ranking.

