Un video publicado por el creador de contenido Juan Navarro en su cuenta de TikTok @juan.navarrop acumuló más de 560.000 reproducciones al contrastar las formas en que Italia y Argentina celebran la obtención de un título universitario. Navarro, argentino residente en Italia, grabó la jornada en la que acompañó a una amiga que acababa de recibirse bajo el ritual conocido como «laurea».
El contraste fue el núcleo del video. «A diferencia de Argentina, que cuando terminás la universidad te tiran huevos, harina, pintura y un montón de otras cosas que prefiero ni decir, acá en Italia la graduación se llama 'laurea'», explicó Navarro al inicio de la grabación. La síntesis era suficiente para encender la conversación en redes.
El rito italiano gira en torno a la corona de laurel, símbolo central de la ceremonia. Según el creador, el graduado —llamado «laureato»— la lleva puesta durante toda la jornada, desde el acto académico hasta el cierre de los festejos, incluido el recorrido por las calles de la ciudad. La tradición permite que cualquier transeúnte que se cruce con alguien portando esa corona la felicite en el espacio público.
La celebración no se limita al simbolismo. Navarro describió una jornada extensa y festiva: «Los festejos generalmente duran todo el día; se pasean por la ciudad, comen, toman, cantan y hacen un montón de cosas graciosas y divertidas». Al «laureato» también lo visten con disfraces y lo someten a juegos o desafíos frente a otras personas en distintos puntos urbanos.
La publicación generó miles de comentarios. «Todo muy fino», escribió un usuario. Otro apuntó a la carga simbólica del objeto: «Hay que destacar la corona de laurel, simboliza éxito, victoria y sabiduría». Varios participantes del hilo mencionaron haber presenciado celebraciones similares durante viajes por Italia.
El eje que más tracción reunió fue precisamente la comparación estética y cultural: la formalidad ceremonial del modelo italiano frente al tono más caótico —y físicamente agresivo— que caracteriza a muchas despedidas universitarias en Argentina, donde los elementos proyectados sobre el graduado van desde huevos hasta pintura.
Conviene mirar los incentivos que cada ritual transmite. La «laurea» codifica el logro académico como un hecho digno de procesión pública, de símbolo portado con orgullo y de reconocimiento espontáneo del entorno. El graduado es el centro de una celebración que subraya el mérito y el esfuerzo. El modelo opuesto —donde el recién titulado termina cubierto de materiales que ensucian y humillan— invierte esa lógica: convierte el cierre de años de trabajo en una suerte de iniciación caótica cuyo protagonismo lo tienen quienes arrojan, no quien logró.
No se trata de un juicio moral sobre la alegría argentina, que tiene sus propios códigos de afecto. Pero el dato importa más que el ruido: cuando 560.000 personas se detienen a comparar dos rituales, algo en esa audiencia reconoce que la forma en que una sociedad celebra el conocimiento dice algo sobre el valor que le asigna. Italia lleva siglos construyendo ese símbolo; Argentina podría tomarse el tiempo de preguntarse qué construye el suyo.



