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La infancia como proyecto: cuando el hijo se vuelve un objeto de diseño parental

El ensayista argentino Santiago Gerchunoff sostiene que la modernidad convirtió a los hijos en decisiones individuales tan planificadas como comprar un coche o viajar a la India, con costos que la industria de la crianza no siempre resuelve.
Foto: infobae.com
Culturadomingo 30 de agosto de 2026

Santiago Gerchunoff, filósofo y ensayista argentino radicado en Madrid, publicó En la era de los niños cosa, un libro que examina cómo la infancia contemporánea quedó atravesada por la lógica de la planificación individual. Su tesis central: los hijos dejaron de ser algo que «sucede mientras uno vive» para convertirse en un proyecto más dentro de una lista de decisiones personales, junto a un viaje de meditación a la India, un doctorado o la compra de un coche.

Gerchunoff, de 48 años y padre de dos hijas, atribuye el fenómeno a un proceso largo de secularización occidental: la paternidad dejó de responder a un mandato tradicional, comunitario o religioso, y pasó a depender de una decisión soberana del individuo libre. Esa libertad, advierte, tiene un «lado B»: al volverse tan consciente y voluntaria, la crianza convierte al hijo en «una cosa que fabricamos», con una carga de expectativas que antes no existía.

El autor apunta directamente a la industria de la crianza y a los manuales de expertos como reforzadores de esa cosificación. Describe al «bebé Tamagotchi»: un niño para quien todo está filtrado, ordenado y optimizado, sin hambre, frío ni frustración genuina. No se trataría solo de protegerlo, dice, sino de «optimizarlo» conforme a instrucciones técnicas, «como un Mecano» que se puede armar bien o mal.

En la entrevista con Infobae, Gerchunoff matiza el argumento económico: aunque reconoce que la precariedad laboral dificulta la decisión de tener hijos —mencionando explícitamente el caso argentino—, recuerda que hace apenas cincuenta años la pobreza extrema no frenaba la natalidad. La diferencia, sostiene, no es solo material sino cultural: antes tener hijos «sucedía mientras uno vivía»; hoy es una decisión «particular y específica», resultado también de la emancipación femenina y la posibilidad de que las mujeres persigan proyectos distintos a la maternidad.

El ensayista defiende, sin embargo, un rol específico de la educación pública: liberar a los niños del control exclusivo de sus padres. Frente a quienes reclaman «mi hijo es mío» para determinar qué se enseña en la escuela, Gerchunoff recuerda que el sistema educativo público nació precisamente para que los chicos pudieran «librarse de sus padres» y elegir caminos propios, más allá del departamento familiar.

Su crítica más mordaz apunta a un objeto cotidiano: el grupo de WhatsApp de padres del colegio, que califica como «la costumbre más obscena» entre los adultos de hoy, síntoma de una invasión permanente de la vida escolar por parte de los progenitores. Cita además el libro Dónde está mi tribu, de la española Carolina del Olmo, para sugerir que la industria de la crianza ocupa hoy el lugar que antes cubría la familia extendida y la comunidad.

El dato importa más que el ruido: detrás del anecdotario sobre grupos de WhatsApp y manuales de crianza asoma una discusión de fondo sobre incentivos. Una decisión reproductiva convertida en proyecto individual, sometida a la lógica del mercado de expertos y certificaciones, tiende a encarecerse y a postergarse; no es casual que ese patrón coincida con la caída sostenida de la natalidad en las economías desarrolladas y en sociedades con alta precariedad laboral como la argentina.

La reflexión de Gerchunoff, aunque filosófica y no política, ilumina un fenómeno con consecuencias demográficas y fiscales de largo plazo: sociedades que planifican a sus hijos como bienes de consumo terminan produciendo menos de ellos. La historia sugiere cautela frente a cualquier ingeniería —estatal o experta— que pretenda sustituir el criterio de los padres, pero también frente al exceso inverso: convertir la crianza en un proyecto tan optimizado que termine desincentivando la decisión misma de tener hijos.

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