La central nuclear de Zaporiyia, la más grande de Europa, lleva más de una semana sin suministro eléctrico externo y depende de generadores diésel de emergencia, informó el sábado el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).
La planta necesita electricidad constante para mantener refrigerados sus seis reactores, fuera de servicio desde 2022. Según el ente de vigilancia nuclear de la ONU, solo cuenta con combustible diésel para diez días. No había recibido envíos a su instalación de almacenamiento externo desde hace unos seis meses, aunque fue abastecida el jueves y el viernes desde otra ubicación fuera de la central.
«La disponibilidad de combustible diésel es de suma importancia siempre que una central nuclear pierde el suministro eléctrico externo», declaró el director general del OIEA, Rafael Grossi. «La situación actual demuestra una vez más por qué una alimentación eléctrica externa fiable y rutas de suministro seguras son indispensables para la seguridad y protección nucleares», agregó.
El comunicado del organismo señala que la planta perdió su suministro habitual «tras actividad militar en la ribera norte del río Dniéper». El OIEA dijo que intenta negociar un alto el fuego local que permita reparar las líneas eléctricas dañadas, una gestión que revela hasta qué punto la seguridad nuclear en la zona depende de acuerdos puntuales entre las partes en conflicto, no de garantías estables.
La central, ubicada en Energodar y bajo control del ejército ruso desde marzo de 2022, ha sido objeto constante de preocupación desde el inicio de la invasión. Rusia y Ucrania se acusan mutuamente y con frecuencia de atacar la instalación, situada justo en la línea del frente que traza el Dniéper en ese sector.
El viernes, el OIEA había informado de tres incidentes con drones ocurridos esa semana en la planta, que dejaron heridos a dos empleados y reavivaron las alarmas sobre la seguridad del complejo. Los equipos del organismo mantienen presencia permanente en Zaporiyia desde septiembre de 2022, un mecanismo de monitoreo que, sin embargo, no ha logrado blindar la instalación de los efectos directos de la guerra.
El episodio expone una vulnerabilidad estructural que trasciende lo técnico. Una central con seis reactores parados, situada en territorio ocupado y disputado militarmente, funciona hoy con un margen de días, no de meses, gracias a generadores diésel de emergencia. La dependencia de suministros puntuales —camiones que llegan un jueves, un viernes, desde ubicaciones alternativas— es el tipo de fragilidad que ningún protocolo internacional puede sustituir cuando la soberanía sobre el territorio permanece en disputa.
El dato importa más que el ruido diplomático: mientras el OIEA gestiona treguas locales para reparar cables, la seguridad de la mayor planta atómica del continente sigue subordinada a la lógica de la guerra, no a la de la ingeniería nuclear. La historia sugiere cautela sobre cualquier optimismo respecto a soluciones definitivas mientras el frente no se estabilice. Para Europa, el episodio recuerda que la infraestructura crítica —energética y nuclear— seguirá siendo rehén de la coyuntura militar mientras no exista un marco de seguridad verificable y sostenido, más allá de los comunicados semanales de Viena.



