El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, afirmó este domingo que «cada día, Rusia debe sentir que la guerra está volviendo al lugar de donde vino», en referencia a la ofensiva de ataques de largo alcance que sus fuerzas ejecutan sobre territorio ruso. El mensaje, publicado en X, acompañó el reporte de una nueva jornada de golpes contra instalaciones energéticas y militares.
Según Zelenski, durante la noche del sábado al domingo las Fuerzas de Defensa de Ucrania atacaron instalaciones de almacenamiento, preparación y lanzamiento de drones en las regiones rusas de Oriol y Rostov, además de un aeródromo militar en Yeisk y objetivos en el mar Negro. El Estado Mayor ucraniano confirmó específicamente el ataque a una instalación de drones en Mílerovo (Rostov) y al aeródromo de Yeisk, en el distrito de Krasnodar.
El golpe de mayor calado fue contra la refinería de Kirishi (Kirishinefteorgsintez, KINEF), en la región de Leningrado. Se trata, según el Estado Mayor ucraniano, de la segunda refinería más grande de Rusia por capacidad y la mayor del noroeste del país, con una capacidad de procesamiento de aproximadamente 20 millones de toneladas de petróleo crudo al año. Zelenski aseguró que la planta «genera millones de dólares cada mes para el presupuesto bélico de Rusia».
El mandatario ucraniano sostuvo que sus fuerzas también realizaron operaciones efectivas esta semana contra instalaciones en Bashkortostán y en la región de Arkjángelsk, en un patrón de ataques que combina objetivos energéticos con infraestructura militar directa.
Zelenski reclamó a los socios occidentales de Ucrania que ese impacto militar se vea «complementado por nuevas medidas sancionadoras» contra la infraestructura militar rusa. Su argumento central fue económico: la mayoría de las armas que Rusia usa contra ciudades y comunidades ucranianas, dijo, «simplemente no pueden funcionar sin miles y miles de componentes, químicos y herramientas mecánicas extranjeros». Añadió que Kiev comparte de forma constante con sus aliados información detallada sobre los esquemas rusos para eludir las sanciones vigentes, y agradeció a quienes colaboran para cerrarlos.
El relato oficial de Zelenski describe una estrategia con dos componentes explícitos: golpear directamente la capacidad de Moscú para financiar y sostener la guerra —refinerías, aeródromos, depósitos de drones— y presionar a los gobiernos occidentales para que endurezcan el cerco sobre las cadenas de suministro que abastecen a la industria bélica rusa.
El dato importa más que el ruido: mientras las cumbres diplomáticas producen comunicados, la cifra de 20 millones de toneladas de capacidad anual de Kirishi ilustra la escala del objetivo golpeado y el peso real que tiene la exportación de combustibles refinados en el sostenimiento del esfuerzo militar del Kremlin. La denuncia ucraniana sobre componentes extranjeros en el armamento ruso plantea, además, una pregunta incómoda para varias economías occidentales: cuán porosas siguen siendo las sanciones que en teoría deberían haber aislado a Moscú del comercio global tras más de tres años de guerra.
Conviene mirar los incentivos. Si la infraestructura energética rusa sigue generando ingresos mensuales significativos y el aparato militar del Kremlin continúa dependiendo de insumos que provienen, directa o indirectamente, de cadenas de suministro internacionales, el sistema de sanciones enfrenta un problema de aplicación, no solo de diseño. Para Kiev, cada refinería alcanzada es tanto un golpe militar como un argumento político frente a sus socios: la guerra se financia con petróleo y tecnología que todavía encuentran vías de escape, y esa es, según Zelenski, la próxima línea de batalla que Occidente debe cerrar.



