El Ministerio de Exteriores de Irán condenó este lunes lo que llamó «agresión militar estadounidense» contra la isla de Larek, donde reconoció un número indeterminado de combatientes muertos y heridos, además de daños a propiedad pública y privada. La cartera, dirigida por Abbas Araqchi, denunció una «violación de la soberanía nacional y la integridad territorial» de la República Islámica.
Teherán defendió como «defensivas» las réplicas que sus Fuerzas Armadas lanzaron contra bases militares estadounidenses en Jordania, calificadas como «fuente y apoyo de la agresión», y contra una base emiratí, aunque sobre esta última el comunicado oficial guardó silencio. El Ministerio pidió al Consejo de Seguridad de la ONU y al secretario general, António Guterres, «exigir responsabilidades al agresor» y «preservar la paz y la seguridad internacionales».
La diplomacia iraní fue más allá y trasladó la responsabilidad completa de lo que viene a Washington y a «todas las partes que colaboren» con sus acciones, en referencia al bloqueo naval y a lo que describió como «guerra económica» sostenida desde el 28 de febrero, fecha que Teherán marca como el inicio de la crisis actual, hace ya seis meses. Las Fuerzas Armadas advirtieron que «no dudarán en ejercer su derecho inherente a la legítima defensa» ante cualquier nueva agresión.
El comunicado también apuntó al estrecho de Ormuz, la vía marítima por la que transita una porción crítica del petróleo mundial, y sostuvo que la inseguridad de esa ruta obedece únicamente a las «acciones ilegales y agresivas» de Estados Unidos y de Israel, al que se refirió como «régimen sionista».
En paralelo, el presidente iraní, Masud Pezeshkian, insistió en que la República Islámica «no busca la guerra» y que ese ha sido el mensaje transmitido «hasta ahora» al mundo. Pero matizó de inmediato: «Jamás permaneceremos impasibles ante ninguna agresión y daremos una respuesta contundente a los agresores», dijo, según recogió la agencia Tasnim. Pezeshkian hizo estas declaraciones antes de partir hacia Kirguistán, donde participará en la XXVI Cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái junto al presidente chino, Xi Jinping, y otros líderes del bloque.
Conviene mirar los incentivos detrás de cada movimiento. Seis meses de bloqueo naval y presión económica han erosionado la capacidad de Teherán de sostener una confrontación abierta sin costos internos crecientes, mientras que la viabilidad de nuevos golpes contra bases estadounidenses en Jordania y Emiratos depende de un cálculo cada vez más estrecho entre disuasión y escalada incontrolada. El régimen iraní necesita mostrar firmeza hacia adentro sin provocar una respuesta que ponga en riesgo su propia supervivencia.
Para el resto del mundo, el dato relevante no es la retórica sobre soberanía o legítima defensa —previsible en cualquier comunicado de Teherán— sino el tránsito por Ormuz. Cualquier cierre parcial o amenaza sostenida sobre esa ruta tensiona los mercados energéticos globales y encarece el costo del transporte marítimo, con efectos que llegan mucho más allá de Oriente Medio. La historia sugiere cautela ante los anuncios de ambas partes: ni el «no buscamos la guerra» de Pezeshkian ni las advertencias de «respuesta contundente» eliminan el riesgo real de una escalada que ninguno de los actores controla del todo. El calendario de la Cumbre de Shanghái, con Pezeshkian sentado junto a Xi Jinping, tampoco es casual: Teherán busca respaldo diplomático mientras su margen de maniobra militar se reduce.



