El Ejército de Irán lanzó este lunes un ataque con drones contra la base estadounidense «Al-Manhad», en Emiratos Árabes Unidos. Según el comunicado del departamento de relaciones públicas del Ejército iraní, decenas de aparatos fueron dirigidos contra emplazamientos de personal y helicópteros estadounidenses.
El comunicado, difundido por agencias iraníes y acompañado de un vídeo del supuesto lanzamiento, describe la operación como respuesta «a la reciente agresión del enemigo y en represalia por la muerte de miembros de la Guardia Revolucionaria y civiles», a raíz del bombardeo de Washington sobre la isla iraní de Larak, ocurrido horas antes. Teherán no aportó cifras ni detalles sobre las víctimas que alega.
El Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM) confirmó ese ataque previo: una operación «de precisión» contra dos plataformas destinadas a disparar cohetes cargados con minas marinas que Irán se preparaba para lanzar al estrecho de Ormuz. «La colocación de minas por parte de la Guardia Revolucionaria representaba una amenaza inminente», señaló el CENTCOM en un mensaje en la red social X, y añadió: «Irán generó la amenaza y el ejército estadounidense la eliminó para proteger a los marinos civiles, el transporte marítimo comercial y el libre flujo del comercio mundial». Se trata de la primera acción militar de Washington contra Teherán en aproximadamente un mes.
El ataque contra la base de Emiratos llega, además, horas después de que la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) lanzara por separado misiles y drones contra dos bases estadounidenses en Jordania: Al Azraq y Rey Hussein. Jordania afirmó haber derribado ocho misiles, sin daños ni víctimas.
La CGRI aseguró también, horas más tarde, haber derribado un dron estadounidense «MQ9 de largo alcance» sobre el estrecho de Ormuz, que habría caído al agua. No ofreció más detalles ni evidencia adicional sobre este episodio.
La secuencia deja un cuadro de acciones y reacciones en cadena, con al menos tres frentes activos en menos de 24 horas: la isla de Larak, dos bases en Jordania y una base en Emiratos. Cada capital involucrada —Washington, Teherán y Ammán— ofrece su propia versión de los hechos, y ninguna aporta por ahora cifras verificables de manera independiente.
Conviene mirar los incentivos detrás de cada movimiento. Para Washington, la prioridad declarada es proteger el «libre flujo del comercio mundial» en una de las arterias energéticas más sensibles del planeta: por el estrecho de Ormuz transita una porción sustancial del petróleo que consume la economía global. Cualquier amago de minado, real o disuasorio, encarece el seguro marítimo y golpea directamente a consumidores e industrias que dependen de ese tránsito.
Para Teherán, en cambio, el cálculo es distinto: exhibir capacidad de represalia inmediata —contra bases en tres países distintos en un solo día— funciona como mensaje interno y regional, más allá del daño efectivo causado. La ausencia de víctimas confirmadas en Jordania y la falta de cifras sobre Larak sugieren que, de momento, ambas partes buscan mostrar músculo sin cruzar el umbral de una guerra abierta. La historia sugiere cautela ante escaladas de este tipo: los mercados energéticos, más que los comunicados militares, serán el termómetro real de si esta secuencia se apaga o se convierte en un patrón recurrente.



