La investigadora Jieyu Zhang, del Departamento para Estudios de América Latina y el Caribe del Instituto de Estudios Internacionales de China (CIIS), concedió una entrevista al diario chileno La Tercera durante un seminario organizado por el Ministerio de Comercio chino en Beijing. Sus declaraciones ofrecen una radiografía oficial —o al menos oficialista— de cómo Beijing enmarca su presencia en América Latina en el contexto de la rivalidad con Washington.
Zhang describió a Chile como «un socio clave de América Latina en la construcción conjunta de la Franja y la Ruta» y señaló que puertos como Valparaíso e Iquique funcionan como «nudos vitales» para la conexión entre el Pacífico transoceánico y el mercado asiático. Según la experta, esos terminales facilitan el intercambio de productos agrícolas, mineros y de cadena de frío, e impulsan la cooperación en lo que denomina «puertos inteligentes y ecológicos».
Al ser consultada sobre proyectos emblemáticos como la línea 1 del metro de Bogotá y la transmisión de ultra alta tensión de Montaña Hermosa en Brasil, Zhang los encuadró dentro de la Franja y la Ruta bajo el argumento de que fueron adjudicados mediante «licitaciones internacionales abiertas» y responden a necesidades reales de infraestructura y energía en cada país. Ninguno de los dos proyectos fue cuestionado por la entrevistadora.
Sobre las acusaciones de sobreexplotación de recursos naturales, la investigadora sostuvo que China «exige a las empresas chinas respetar estrictamente la normativa ambiental local» y que la cooperación apunta a «la transformación profunda de la cadena industrial y la transferencia tecnológica». Estas afirmaciones provienen de una funcionaria del aparato académico chino y no están respaldadas por auditorías independientes citadas en la fuente.
El blanco más directo de Zhang fue la administración Trump. «Las políticas del gobierno estadounidense están impregnadas de pensamiento de suma cero de la Guerra Fría», afirmó, y acusó a Washington de recurrir «constantemente a la coacción económica, la presión diplomática y la estigmatización de la cooperación normal entre China y América Latina». La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Trump, dijo, «eleva los costos de cooperación» pero no puede «revertir la tendencia general de la cooperación Sur-Sur».
Respecto a los giros políticos a la derecha en varios países de la región, Zhang admitió que «a corto plazo generan fluctuaciones políticas e incertidumbre», aunque descartó que alteren «el patrón de intereses altamente complementarios entre China y América Latina». Invocó el principio de «no intervención en los asuntos internos» como garantía de continuidad con cualquier gobierno, sea de izquierda o de derecha.
La entrevista también rozó el caso del cable de fibra óptica submarino en Chile, sobre el que Trump presionó para que no se llevara a cabo, aunque la fuente disponible no recoge la respuesta completa de Zhang a esa pregunta.
Lo que conviene mirar. El CIIS no es un think tank independiente: es el brazo académico del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, y sus investigadores hablan con la voz calibrada de la política exterior de Beijing. Que Zhang presente la Franja y la Ruta como cooperación desinteresada mientras califica cualquier contrapeso estadounidense de «coacción» es, en sí mismo, un dato geopolítico, no solo un argumento académico.
Para los países de la región, la pregunta relevante no es si la iniciativa china genera infraestructura —en algunos casos lo hace— sino en qué condiciones, con qué cláusulas de arbitraje, con qué transferencia real de tecnología y con qué impacto sobre la autonomía regulatoria local. El dato importa más que el ruido: América Latina necesita capital e infraestructura, pero los términos del contrato definen si un socio es complementario o simplemente conveniente para sus propios objetivos de seguridad alimentaria y energética.



