La vicepresidenta Francia Márquez visitó este viernes la Casa de Nariño con una misión concreta: devolver al palacio presidencial el cuadro del expresidente Juan José Nieto Gil, a quien la Vicepresidencia describe como «el único mandatario afrodescendiente en la historia de Colombia». Según información oficial de esa entidad, la obra se encontraba en un sótano del edificio.
«Estamos en un acto de justicia, retornando al Palacio de Nariño el cuadro del expresidente Juan José Nieto Gil, para que este país no olvide que fue un hombre negro que gobernó a Colombia y que la historia oficial ha querido borrar», declaró Márquez durante el acto.
La Vicepresidencia informó además que «próximamente, el presidente Gustavo Petro lo develará junto con el del expresidente José María Melo, el único mandatario de origen indígena en el país, subsanando una deuda histórica con los pueblos étnicos de Colombia».
El hecho en sí —recuperar un retrato presidencial que dormía en un depósito— difícilmente admite objeciones. Que un expresidente figure en las galerías del palacio que habitó es una cuestión de registro histórico elemental, no de ideología. El dato importa más que el ruido.
Conviene mirar los incentivos, sin embargo. El acto se produce en la recta final del gobierno Petro, cuando la administración acumula una agenda simbólica de alta visibilidad en medio de una gestión cuestionada en materia de seguridad, crecimiento económico y respeto a las instituciones. Colocar retratos en paredes no reemplaza los resultados que los colombianos esperaban en esas áreas; tampoco los borra.
Lo que sí queda claro es que el uso político del simbolismo identitario ha sido una constante del petrismo desde el primer día. Cada gesto de «reparación histórica» llega acompañado de un micrófono y un comunicado oficial, lo que convierte actos de administración patrimonial —legítimos en su esencia— en instrumentos de campaña permanente. La historia sugiere cautela ante gobiernos que gobiernan más para el relato que para el ciudadano.
El verdadero homenaje a Nieto Gil y a Melo no es colgar sus cuadros en vísperas del cambio de mando: es construir instituciones que funcionen para todos los colombianos, independientemente de su origen. Ese es el estándar con el que se medirá este y cualquier otro gobierno.



