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«Farmear aura»: el viejo mercado del prestigio con nuevo empaque digital

La tendencia que domina TikTok bautiza con jerga nueva una conducta antigua: acumular capital simbólico ante una audiencia. De Versalles a los rankings virtuales, el mecanismo de incentivos apenas ha cambiado.
Foto: elnacional.com
Culturaviernes 28 de agosto de 2026

Hay expresiones destinadas a morir rápido. «Farmear aura» tiene todas las papeletas: nació en internet, suena absurda fuera de contexto y probablemente será reemplazada por otra antes de que los adultos terminen de entenderla. Pero detrás de la fórmula fugaz hay una obsesión social bastante más antigua que TikTok.

Tener aura, en el lenguaje de las redes, significa poseer un magnetismo difícil de explicar: presencia, seguridad, estilo, misterio, la capacidad de resultar interesante sin parecer demasiado interesado en conseguirlo. Farmearla consiste en hacer cosas que aumenten ese capital invisible. Resolver una situación incómoda sin inmutarse suma puntos; tropezarse cuando todos miran puede provocar, según la jerga, una «bancarrota simbólica».

El Cambridge Dictionary ya recoge aura farming como la práctica de realizar acciones destinadas a proyectar una personalidad atractiva. Internet ha inventado incluso una contabilidad imaginaria —«+1.000 puntos de aura», «aura infinita»— que funciona porque todos entienden qué se está puntuando: la palabra es nueva, la conducta no.

El dato importa más que el ruido, y el ruido aquí tiene linaje. Durante siglos se usaron otras palabras —honor, gracia, elegancia, distinción, carisma, capital simbólico— para nombrar formas distintas de la misma obsesión: proyectar algo que los demás reconozcan como especial.

Si TikTok hubiera existido en el siglo XVII, Luis XIV habría entendido bien su lógica. En Versalles, levantarse, vestirse o comer se convertían en ceremonias reguladas; la proximidad al monarca comunicaba posición social. El palacio, el protocolo y la administración de las apariciones fabricaban una figura excepcional. Dicho en el idioma actual, el rey farmeaba aura a escala estatal. La diferencia es que entonces hacían falta un palacio y una corte para sostener la representación; hoy basta un móvil con cámara.

Otro antepasado del fenómeno fue un dandi, no un rey. A comienzos del siglo XIX, George «Beau» Brummell convirtió vestirse y comportarse de determinada manera en una fuente de influencia social, apostando por la precisión y una atención obsesiva al detalle. Su talento real era lograr que nada de eso pareciera costarle esfuerzo. Esa ley —cuanto más evidente el esfuerzo por parecer interesante, menos interesante se parece— ya la había formulado Baldassare Castiglione en 1528, en «El cortesano», bajo el concepto de sprezzatura: ejecutar algo difícil ocultando el artificio.

Las actuales aura battles trasladan ese juego a una competición literal, con ecos de las batallas de breaking del hip-hop neoyorquino de los setenta y de las batallas de animadoras del cine adolescente: no basta con hacerlo bien, hay que apropiarse de la escena. Ya no se compite tanto por hacer algo difícil como por lograr que algo parezca memorable.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu, sin usar la jerga, había descrito el mecanismo en «La distinción»: los gustos —música, libros, ropa, restaurantes— no solo expresan preferencias personales, también comunican familiaridad con determinados códigos. Ese conocimiento, llamado capital cultural, puede convertirse en capital simbólico: prestigio, legitimidad, autoridad. O, en el lenguaje de hoy, aura points.

Conviene mirar los incentivos. Lo que las plataformas llaman aura farming no es más que un mercado de reputación con reglas nuevas y jueces distintos: ya no la corte ni el crítico cultural, sino el algoritmo y la audiencia anónima. El prestigio siempre fue escaso y, por tanto, siempre se disputó. La novedad no es la ambición de distinguirse —constante humana documentada desde Versalles hasta el dandismo—, sino la velocidad y el alcance con que hoy se liquida esa transacción: un video, treinta tomas, segundos de juicio público.

La historia sugiere cautela ante quienes anuncian una crisis moral inédita. El capital simbólico siempre se farmeó; solo cambió la moneda.

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