El Pentágono ha reactivado una opción extraordinaria para el presidente Donald Trump: desplegar miles de soldados estadounidenses en territorio iraní para confiscar uranio enriquecido de instalaciones nucleares dañadas y enterradas, según un informe reciente citado por analistas de seguridad.
La operación ha sido descrita públicamente como una «incursión». No lo sería. Se trataría de una invasión temporal de territorio hostil, lanzada sin el elemento sorpresa, contra un adversario que lleva meses anticipándola, en instalaciones cuyas defensas y contenidos exactos siguen siendo inciertos.
La sombra de Desert One
El paralelo histórico inevitable es la Operación Eagle Claw, el fallido intento de 1980 para rescatar rehenes estadounidenses en Teherán. El presidente Jimmy Carter había agotado la diplomacia y las sanciones tras seis meses de crisis. La operación terminó en Desert One, donde fallos mecánicos y una colisión entre un helicóptero y un avión de transporte mataron a ocho militares estadounidenses antes de que la fuerza de rescate llegara siquiera a Teherán.
El propio Trump ha señalado que ese antecedente le preocupa. Cuando se le preguntó en junio sobre una misión de confiscación de uranio, afirmó haberla considerado y rechazado. «No quería ser Jimmy Carter», declaró.
Las fuerzas armadas actuales son considerablemente más capaces, con comandos de operaciones especiales maduros y décadas de experiencia en combate. Pero la tecnología no deroga la geografía, la logística ni la capacidad de respuesta enemiga.
Fordow, Isfahan y Pickaxe Mountain
El plan reportado contempla asegurar las instalaciones iraníes de Fordow e Isfahan, junto con el complejo profundamente enterrado conocido como Pickaxe Mountain, cerca de Natanz, donde se cree que Irán ha trasladado centrifugadoras. Imágenes satelitales muestran construcción continua en ese emplazamiento.
El problema central es la incertidumbre sobre el objetivo mismo. La misión de Carter al menos sabía aproximadamente dónde estaban los rehenes. En el caso iraní, según algunos funcionarios, los inspectores internacionales no han verificado la ubicación del uranio enriquecido en casi nueve meses. No se sabe con precisión dónde se encuentra el material, si ha sido dividido entre varios sitios o si Irán ya lo ha movido.
La operación propuesta supera en complejidad a Eagle Claw por un orden de magnitud. Las tropas estadounidenses podrían tomar el objetivo para luego quedar atrapadas en una misión sin calendario fiable y sin salida limpia.
En paralelo, la Casa Blanca ha solicitado 672 millones de dólares para detener el programa nuclear iraní mientras los negociadores deliberan sobre el destino del inventario de uranio. La presión diplomática y la militar coexisten en un tablero donde cada movimiento tiene consecuencias irreversibles.
Lo que está en juego
Conviene mirar los incentivos. Una operación fallida no solo costaría vidas estadounidenses; legitimaría a Teherán ante su propio pueblo, desestabilizaría los mercados energéticos globales y cerraría el espacio diplomático que aún existe para un acuerdo verificable. El dato importa más que el ruido: la ubicación exacta del uranio es desconocida, y una misión construida sobre incertidumbre de inteligencia es, por definición, una apuesta con capital humano y político.
La historia sugiere cautela. Los presidentes que han sucumbido a la presión de «hacer algo decisivo» sin arquitectura logística sólida han pagado un precio que sus sucesores heredaron. Trump tiene razón en no querer repetir el error de Carter. La pregunta es si el aparato de seguridad nacional le está ofreciendo una alternativa real o simplemente una versión más costosa del mismo riesgo.



