Durante décadas, la seguridad europea descansó sobre un acuerdo tácito: Washington aportaría la disuasión nuclear, la inteligencia satelital y la capacidad de integrar voluntades divergentes; los europeos financiarían estados de bienestar generosos y debatirían en Bruselas. Ese acuerdo está venciendo.
El politólogo Robert Kagan lo anticipó en su ensayo El regreso de la historia y el fin de la historia, traducido a más de 25 idiomas: estadounidenses y europeos ya no compartirían la misma visión estratégica porque no tienen la misma relación con el poder militar. Los primeros, razonaba Kagan, permanecerían anclados en una lectura hobbesiana centrada en el interés propio; los segundos, protegidos por el paraguas estadounidense, se habrían instalado en una «poshistoria» kantiana donde la negociación sustituye a la disuasión. La imagen que popularizó —americanos de Marte, europeos de Venus— se convirtió en lugar común del debate transatlántico.
Lo que Kagan describía como pacifismo europeo era, en realidad, una elección estratégica: no invertir en defensa propia porque otro lo hacía. El exministro francés de Relaciones Exteriores Hubert Védrine lo formuló con precisión en el concepto de «hiperpotencia»: una dominación estadounidense, militar, económica y cultural, sin precedentes históricos. Y planteó la pregunta que sigue sin respuesta definitiva: ¿están los europeos dispuestos a renunciar a esa seguridad colectiva y construir una potencia propia, o preferirán siempre la comodidad del statu quo?
La respuesta se acerca por la fuerza de los hechos. Según la fuente consultada, el escenario de una retirada formal de Washington del mando integrado de la OTAN —con Estados Unidos volcado a su rivalidad con Pekín— ya figura en los cálculos de las cancillerías europeas. Tres vacíos concretos emergen de ese escenario.
El primero es nuclear. Desde 1949, la disuasión extendida estadounidense fue la piedra angular invisible de la seguridad europea. Francia y el Reino Unido conservan arsenales propios, pero diseñados para disuasión nacional, nunca calibrados para cubrir a más de 25 países. Francia planteó desde 2020 un diálogo estratégico ampliado con sus socios europeos, pero transformar una doctrina nacional en garantía colectiva creíble requiere décadas de construcción institucional.
El segundo vacío es de inteligencia. Los servicios europeos han dependido de la arquitectura satelital y las capacidades de interceptación estadounidenses, a las que ningún país del continente tiene acceso directo. Sin esos datos, Europa perdería gran parte de su capacidad de alerta temprana ante movimientos de tropas, ciberamenazas o preparativos militares en sus fronteras.
El tercero es diplomático. En todas las crisis importantes desde el fin de la Guerra Fría —los Balcanes, la cuestión iraní, las negociaciones climáticas— Washington actuó como director de orquesta capaz de hacer converger posiciones divergentes. Sin esa función integradora, según el geoestratega Frédéric Encel, «París priorizará la autonomía estratégica, Berlín seguirá dividida entre su pacifismo histórico y la necesidad de rearmarse, mientras que Varsovia y las capitales bálticas exigirán una postura mucho más dura frente a Rusia».
Conviene mirar los incentivos. El problema europeo no es de valores ni de cultura estratégica: es de gasto diferido y de instituciones diseñadas para un mundo que se va. Durante ochenta años, el contribuyente europeo subvencionó estados de bienestar extensos porque el contribuyente estadounidense financiaba su defensa. Esa transferencia implícita termina. Lo que viene no es necesariamente el caos, pero sí una factura que las democracias europeas han evitado presentar a sus ciudadanos durante demasiado tiempo.
El dato importa más que el ruido. La fragmentación que Encel describe —París, Berlín, Varsovia con agendas incompatibles— no es una novedad: es la realidad que el paraguas estadounidense ocultaba. El momento en que ese paraguas se cierre revelará si Europa es una potencia en construcción o una suma de historias nacionales que nunca terminaron de resolverse.



