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Asia y China

China rechaza acusaciones de Trump sobre injerencia electoral en 2020 y exige que Washington «reflexione sobre su propia conducta»

El portavoz del Ministerio de Exteriores chino calificó de «completo invento» la denuncia de que Beijing adquirió ilícitamente 220 millones de registros de votantes estadounidenses. La disputa añade tensión a una relación bilateral ya bajo presión.
Imagen ilustrativa
Asia y Chinaviernes 17 de julio de 2026

Donald Trump denunció ante la nación que autoridades chinas se habían inmiscuido en las elecciones de 2020 mediante «la mayor filtración de datos electorales de la historia». Según el presidente estadounidense, Beijing adquirió de manera ilícita «220 millones de registros de votantes estadounidenses» en 18 estados a través de «una unidad de explotación de datos» creada «específicamente para este nuevo proyecto».

La respuesta de Beijing llegó horas después. El portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Lin Jian, calificó el señalamiento de «completo invento y una difamación maliciosa sobre la que se demostró hace años que no se sustenta en base alguna». El funcionario añadió que China cumple rigurosamente un principio de no injerencia en sus relaciones diplomáticas.

Lin Jian fue más allá y contraatacó con una acusación implícita: «La comunidad internacional sabe perfectamente quién interfiere habitualmente en los asuntos internos de otros países, quién efectúa de manera indiscriminada largas operaciones de vigilancia sobre negocios y ciudadanos normales y corrientes, y roba datos por todo el mundo a escala masiva». La alusión a Washington fue transparente, aunque el portavoz no la formuló de manera explícita.

El gobierno chino exigió que Estados Unidos se dedique a reflexionar «sobre su propia conducta» y abandone las «acusaciones sin base alguna» contra Beijing.

El intercambio se produce en un momento de alta tensión comercial y diplomática entre las dos potencias. Las acusaciones de Trump no detallaron en su discurso qué agencias de inteligencia respaldan la afirmación, ni presentaron evidencia pública verificable, aunque la Casa Blanca vinculó la denuncia a sus propias agencias de inteligencia.

Conviene mirar los incentivos. Para la administración Trump, relanzar el expediente de injerencia china en 2020 cumple al menos dos funciones simultáneas: refuerza el relato de que las elecciones de ese año estuvieron comprometidas y justifica una postura más dura frente a Beijing en la mesa de negociaciones comerciales y tecnológicas. El dato importa más que el ruido: si las acusaciones se sostienen con evidencia clasificada, el alcance de la operación descrita —220 millones de registros en 18 estados— representaría una vulneración sin precedentes de la infraestructura electoral estadounidense, con implicaciones que van mucho más allá del ciclo político inmediato.

Desde la perspectiva de Continente, la respuesta china sigue un guión conocido: negar, contraacusar y apelar a la soberanía como escudo retórico. Lo que está en juego no es solo la narrativa de 2020, sino la arquitectura de confianza —o su ausencia— sobre la que se construyen las relaciones entre las dos mayores potencias del sistema internacional. La historia sugiere cautela: sin evidencia pública y verificable, el debate permanecerá atrapado entre la acusación y la negación, mientras los incentivos de ambas partes apuntan a escalar, no a aclarar.

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