La Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial (WAIC), celebrada el 17 de julio en Shanghái, fue el escenario elegido por Pekín para proyectar una ambición sin rodeos: liderar el establecimiento de estándares globales en IA. En su discurso de apertura, el presidente Xi Jinping subrayó la importancia de «fomentar el desarrollo de código abierto» y criticó lo que describió como la «exageración del concepto de seguridad nacional». No mencionó a Estados Unidos por su nombre, pero el mensaje fue inequívoco para todos los presentes.
El trasfondo técnico respalda parte de esa confianza. Varios expertos consultados por medios internacionales coincidieron en que ciertos modelos chinos de lenguaje de gran escala —entre ellos GLM-5.2 y Kimi K3— han reducido o incluso cerrado la brecha de rendimiento frente a sus equivalentes estadounidenses en determinadas pruebas de referencia. A principios de 2025, los medios estatales chinos afirmaron que la diferencia «había desaparecido en gran medida»; los analistas independientes calificaron esa valoración de ampliamente correcta, aunque con matices.
Paul Triolo, vicepresidente sénior del DGA-Albright Stonebridge Group, señaló que los desarrolladores chinos han logrado entrenar modelos de alto rendimiento sobre hardware informático limitado. Añadió que la implementación empresarial de la IA en China podría estar avanzando más rápido que en Estados Unidos, favorecida en parte por una menor resistencia cultural de los consumidores chinos a adoptar estas aplicaciones. Según Triolo, para la mayoría de las tareas cotidianas los principales modelos de código abierto chinos son «más económicos de ejecutar y más que capaces».
Eso no significa paridad total. Los modelos propietarios de Anthropic, OpenAI y Google conservan ventajas en áreas como seguridad y escalabilidad, según las mismas fuentes. La diferencia importa, sobre todo en aplicaciones críticas donde el margen de error tiene consecuencias sistémicas.
En enero de 2025, el Departamento de Comercio de Estados Unidos amplió sus controles de exportación mediante el «Marco para la difusión de la inteligencia artificial», que abarca chips avanzados, ciertos pesos de modelos y acceso a infraestructuras de cómputo a gran escala. Laila Khawaja, directora de investigación de Gavekal Research, evaluó el resultado como un «éxito parcial»: las restricciones han estimulado la fabricación doméstica de chips en China a bajo costo y gran escala, mientras que una cantidad significativa de semiconductores avanzados sigue ingresando al país a través del mercado gris y mediante servicios en la nube en el extranjero. Triolo fue más contundente: la estrategia estadounidense de frenar el desarrollo avanzado de IA en China «ha fracasado en muchos aspectos» y ha generado «daños colaterales masivos» a empresas americanas, incluidas sus cadenas de suministro de tierras raras.
El vector geopolítico más novedoso es el discursivo. Pekín está usando los conceptos de «código abierto» e «IA inclusiva» para construir una narrativa alternativa frente al ecosistema de código cerrado dominado por Silicon Valley. Ofertas como DeepSeek, GLM-5.2 y Kimi K3 se publican bajo licencias MIT que permiten descargar, modificar y comercializar los modelos. Rogier Creemers, profesor adjunto de la Universidad de Leiden especializado en política tecnológica china, advirtió que el objetivo es animar al Sur Global a adoptar modelos chinos, creando mercados externos para la tecnología de Pekín y asegurando su presencia en la próxima ola de desarrollo.
Conviene mirar los incentivos. La apuesta china por el código abierto no es altruismo tecnológico: es una estrategia de expansión de mercado y de construcción de dependencias en economías en desarrollo, el mismo manual que Washington ha utilizado durante décadas con sus plataformas. El dato importa más que el ruido: si los controles de exportación han acelerado la industria de chips doméstica china y no han detenido el acceso a cómputo avanzado, la política necesita una revisión de fondo. La competencia en IA es también una competencia por quién fija las reglas; y en esa disputa, ceder el terreno del código abierto al adversario es un error estratégico que las democracias de mercado aún están a tiempo de corregir.



