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Canciller iraní a Washington: «Irán no es Venezuela»

La advertencia de Abbas Araghchi a Estados Unidos revela, según el columnista Omar Jesús Estacio, la distancia que Teherán quiere marcar respecto al régimen de Nicolás Maduro y su capitulación ante la presión estadounidense.
Líderesviernes 7 de agosto de 2026

El canciller iraní Abbas Araghchi lanzó la semana pasada una advertencia a Washington con una frase que resonó más allá de su destinatario inmediato: «Irán no es Venezuela». Según el columnista venezolano Omar Jesús Estacio, publicado en La Patilla, la declaración equivale, en su lectura del contexto, a que los integrantes de la Revolución Islámica de 1979 se deslindaron expresamente de chavistas, maduristas y rodriguistas, subrayando lo que consideran una capitulación del régimen venezolano ante las presiones de Washington.

El trasfondo es la llamada «Operación Resolución Absoluta» y la detención de los esposos Maduro-Flores —Dionisio y Talía—, a raíz de la cual, según Estacio, ningún ministro, general ni alto funcionario del actual gobierno venezolano adoptó una postura de resistencia o pie de guerra. La imagen que describe el columnista es la de miles de funcionarios que, tras décadas de retórica antiimperialista, optaron por la deferencia ante las mismas fuerzas que denunciaban.

El artículo recuerda también un episodio simbólico: los llamados chavistas «históricos» Mario Silva y la conocida como «Fosforito» quemaron la bandera de Estados Unidos en la plaza Bolívar de Caracas en lo que Estacio califica de «sainete» y «tongo», es decir, una provocación calculada y sin consecuencias reales. La conclusión del autor es que esa quema no se repetirá: «Ni en Caracas, ni en el interior de la República».

El concepto de tongo —combate amañado— articula todo el argumento. Estacio lo rastrea desde los emperadores romanos Calígula y Cómodo, pasando por el combate de Jack Johnson en La Habana en 1915 y las peleas de Muhammad Alí, para aplicarlo a la política venezolana: un espectáculo de resistencia que nunca fue tal.

La declaración de Araghchi, en ese marco, funciona como un espejo incómodo. Teherán, con todas sus contradicciones propias, prefiere no ser asociado con un gobierno que, según el columnista, lleva 27 años adoptando posiciones de subordinación ante Rusia, China, Cuba, las FARC y el ELN, para luego repetir la misma deferencia con Washington.

Conviene mirar los incentivos. El régimen venezolano construyó durante casi tres décadas una narrativa de soberanía antiimperialista que resultó ser, en la lectura de Estacio, una herramienta de legitimación interna, no una política exterior sostenida. Cuando la presión real llegó, el aparato no respondió con la resistencia que proclamaba, sino con lo que el columnista llama una postura «a lo Lewinsky». El dato importa más que el ruido.

Para quienes valoran el orden institucional y la coherencia entre discurso y acción, el episodio ilustra un principio elemental: los regímenes que subordinan las instituciones al poder personal terminan sin la capacidad ni la credibilidad para defender ningún interés, ni el propio. La frase de Araghchi no es solo un distanciamiento diplomático; es, involuntariamente, un diagnóstico sobre lo que ocurre cuando el Estado se convierte en instrumento de una facción y no en garante de una nación.

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