Bill Maher, presentador de «Real Time» en HBO y donante histórico del Partido Demócrata, dedicó el segmento del viernes a criticar a los académicos progresistas por «tirar a la basura» la civilización occidental mientras disfrutan de las libertades e instituciones que esa tradición hizo posible.
El comentario surgió en una conversación con Michael Roth, presidente de la Universidad Wesleyan, quien ha criticado públicamente al movimiento «Boicot, Desinversión y Sanciones» (BDS) contra Israel, activo en ese campus de Connecticut y en otras universidades de elite.
«Israel era conocido como un enclave de la civilización occidental», dijo Maher a Roth. «Y así se le llamaba. Eso siempre fue algo bueno. Ahora, no creo que lo sea», añadió, en referencia al cambio de percepción sobre Israel en el contexto de la guerra contra Hamás en Gaza, iniciada tras los ataques del 7 de octubre.
Maher fue más allá del caso israelí: «Hablan de la civilización occidental como si fuera algo malo, en lugar de decir que la civilización occidental es lo que le dio a cualquier progresista las cosas de las que debería estar más orgulloso».
Roth no lo contradijo. Reconoció que «muchos de nuestros estudiantes piensan exactamente eso». Maher, con ironía, preguntó si eran los profesores quienes enseñaban ese discurso: «¿Lo están aprendiendo de mi programa?». Roth sugirió que, en efecto, los profesores quizás ven más el show que el estudiante promedio de 18 años.
El intercambio derivó en una broma sobre la propia bienvenida de Maher al campus de Middletown. Cuando preguntó si sería «welcome» allí, Roth respondió: «Bienvenido quizá no, pero ciertamente…», entre risas del público.
Maher recordó entonces sus credenciales financieras con el Partido Demócrata: «Alguien que le dio dos veces un millón de dólares a los demócratas, ¿eso no basta como credencial para subir al escenario?». Roth cerró el punto sin rodeos: si Maher llegara con un millón de dólares para la universidad, sería recibido «con los brazos abiertos».
El anécdota, presentada como chiste, deja una constatación incómoda para las universidades que se presentan como bastiones de principios: la disposición institucional a tolerar el desacuerdo ideológico depende, en última instancia, del tamaño del cheque. Es el mismo mecanismo de incentivos que rige cualquier organización que depende de donantes, solo que rara vez se admite en público con tanta franqueza.
El dato importa más que el ruido: quien pronuncia la crítica no es un conservador de Fox News, sino uno de los rostros más identificados con el establishment demócrata, que además ha financiado directamente a ese partido. Eso complica el relato habitual de que el rechazo al activismo antioccidental en los campus proviene exclusivamente de la derecha.
La historia sugiere cautela sobre el relato que reduce el fenómeno del BDS y la crítica a Occidente a una simple polarización izquierda-derecha. Cuando incluso un donante demócrata de largo historial señala una contradicción entre el discurso académico y las libertades que sostienen a esas mismas instituciones, el debate deja de ser solo partidista y se convierte en una pregunta sobre qué principios está dispuesta a defender la academia estadounidense cuando el financiamiento —y no la coherencia intelectual— define quién es bienvenido.



