Un día después del cierre de la cumbre de la OTAN en Turquía, el gobierno chino salió a contestar. La portavoz del Ministerio de Exteriores, Mao Ning, pidió a la Alianza «abandonar la mentalidad de la Guerra Fría» y aseguró que Beijing «siempre ha sido una fuerza de paz en el mundo y nunca ha amenazado a ningún país».
Las declaraciones llegaron en respuesta directa a los comentarios de varios participantes de la cumbre, quienes expresaron preocupaciones sobre los avances tecnológicos y militares de China, así como sobre sus relaciones con Rusia. Mao no rebatió esos señalamientos con datos; los descalificó como narrativa.
«La OTAN es una alianza regional de defensa con un claro mandato y un alcance geográfico concreto», dijo la portavoz, según recogió el diario estatal chino Global Times. En consecuencia, instó a la organización a «dejar de nombrar a China en cada ocasión que se presenta» y a «corregir la percepción que tiene de China».
Mao añadió que Beijing «tampoco supone un desafío para la seguridad de la región Euroatlántica», una afirmación que contrasta con el interés que la OTAN ha mostrado en los últimos años por ampliar su análisis estratégico hacia el Indo-Pacífico, precisamente a raíz del crecimiento del arsenal chino y de la profundización de los vínculos entre Moscú y Beijing.
Conviene mirar los incentivos. La estrategia discursiva de Beijing sigue una lógica constante: invocar el fantasma de la Guerra Fría para deslegitimar cualquier escrutinio colectivo de sus capacidades militares. Si la preocupación puede ser etiquetada como «mentalidad antigua», no necesita ser respondida con argumentos. Es una táctica de encuadre, no un debate sobre hechos.
El dato importa más que el ruido. Las democracias de mercado que integran la OTAN tienen razones concretas —tecnológicas, comerciales y de seguridad— para observar de cerca la trayectoria de China. Que Beijing pida a una alianza de treinta y tantas naciones soberanas que deje de mencionarla dice más sobre la incomodidad de ese escrutinio que sobre la legitimidad de quienes lo ejercen. La historia sugiere cautela ante los actores que definen la paz, ante todo, como la ausencia de crítica hacia ellos mismos.



