Un ataque ruso contra un almacén en el distrito de Buchansky, en la región de Kiev, dejó al menos 27 muertos y 42 heridos, según informó el jefe de la administración estatal regional, Timur Tkachenko, a través de Telegram. Tkachenko advirtió que la cifra «podría no ser definitiva».
Entre los heridos hay cuatro niños; siete personas fueron hospitalizadas. Los equipos de rescate continúan con labores de desmantelamiento de estructuras, extinción de incendios y búsqueda en la zona afectada. Las autoridades evacuaron a 381 personas, incluidas 59 menores, y habilitaron un centro de operaciones en Dmytrivka para atención y alojamiento temporal. Se estima que unas 50 viviendas sufrieron daños de distinta gravedad.
Entre las víctimas fatales figura Taras Didych, jefe de la comunidad de Dmytrivka, quien —según el presidente ucraniano, Volodimir Zelensky— murió mientras rescataba a otras personas. Según el mandatario, la infraestructura circundante, incluido un hogar de cuidado para personas mayores y personas con discapacidad, resultó dañada.
Zelensky recordó que «existen regulaciones que prohíben almacenar municiones cerca de viviendas u otras zonas residenciales» y afirmó que «se tomarán las medidas pertinentes». No precisó si esa normativa fue incumplida en este caso puntual, pero sí señaló que «quienes permitieron que esto ocurriera deben rendir cuentas por sus decisiones».
Según relató el propio Zelensky, investigadores de la Policía Nacional y del Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU) llevan adelante una investigación previa al juicio, y ya se iniciaron procedimientos penales por cargos de negligencia oficial. El presidente dijo haber recibido informes al respecto, según sus palabras, «del primer ministro Sergii Koretskyi y del ministro del Interior, Ivan Vyhivskyi».
El ataque contra Buchansky no fue aislado. Según el mandatario ucraniano, durante la misma noche Rusia atacó también las regiones de Odesa, Dnipro, Kiev, Zaporiyia, Sumy, Jersón, Járkov, Mikolaiv, Donetsk y Chernígov, con más de 260 drones de ataque y, en palabras de Zelensky, «drones Banderol». Kiev, dijo, está bajo «un ataque prácticamente ininterrumpido de drones propulsados por chorro». El presidente agradeció a quienes «están ayudando con paquetes adicionales de apoyo y pasos de sanciones contra Rusia» e insistió en que su país «no puede ser dejado solo» para defenderse.
El episodio expone dos frentes simultáneos que enfrenta Kiev, y que rara vez se discuten por separado. Uno es la ofensiva rusa, sostenida y creciente en volumen de drones, que ya no distingue entre infraestructura militar y civil, o que aprovecha la cercanía entre ambas. El otro es interno: la apertura de una causa penal por negligencia oficial sugiere que, más allá de la responsabilidad rusa por el bombardeo, hay preguntas legítimas sobre por qué un depósito de municiones —si esa era su función— terminó ubicado junto a viviendas y un hogar de ancianos.
Que Zelensky haya optado por respaldar la investigación en curso, en lugar de desviar el foco únicamente hacia Moscú, es un dato relevante para evaluar la solidez institucional ucraniana en medio de la guerra. La rendición de cuentas interna no exime a Rusia de la responsabilidad directa por el ataque, pero sí determina si Kiev conserva, incluso bajo asedio, los mecanismos de control que sus aliados occidentales exigen como condición implícita para seguir enviando ayuda militar y financiera. En una guerra de desgaste que ya lleva años, ese equilibrio entre defensa y transparencia institucional pesa tanto como el número de drones interceptados cada noche.



