Un fondo saudí prevé invertir 6.000 millones de euros en tres parques de ocio en Cergy-Pontoise, a unos 30 kilómetros al noroeste de París, con el objetivo declarado de rivalizar con Disneyland París. El anuncio se produjo el lunes pasado, durante la visita del príncipe heredero saudí Mohamed bin Salmán, tras reunirse en el Elíseo con el presidente francés, Emmanuel Macron.
El complejo ocupará 200 hectáreas: 52 corresponden al antiguo parque Mirápolis, cerrado en 1991, y otras 150 se sumarán en terrenos aledaños. Uno de los tres parques estará probablemente dedicado a la saga 'Dragon Ball Z', aunque el alcalde de Cergy no quiso confirmarlo.
El alcalde socialista Jean-Paul Jeandon, de 67 años, que también presidente la comarca de Cergy-Pontoise, calcula que el proyecto generará 22.000 empleos entre directos e indirectos, una cifra que presenta como respuesta al paro juvenil de la zona. Jeandon aclaró, sin embargo, que lo firmado hasta ahora es «un protocolo de intenciones», no un contrato definitivo.
Entre los vecinos, la recepción es dispar. Richard Remy, jubilado que vive hace más de 40 años en la zona, defendió la inversión con un argumento comercial: «Nosotros les compramos el petróleo (...) que ellos inviertan aquí me parece normal». Confía en que el proyecto reactive el comercio local, aunque pide cuidado con la estética de las construcciones.
Brigitte, su esposa, se mostró más escéptica y nostálgica del antiguo Mirápolis, que asocia con «la tradición francesa» y que, según recuerda, fracasó pese a ese arraigo cultural. Del parque original apenas quedan pórticos oxidados; ni siquiera sobrevive la estatua de Gargantúa que fue su icono.
Parte del terreno de Mirápolis está ocupado desde hace nueve años por una comunidad gitana de unas 500 caravanas. Uno de sus habitantes, que no quiso identificarse, señaló que el ayuntamiento les ha anunciado que las obras podrían comenzar en dos años y que esperan una alternativa de realojo «en breve».
Jeandon identificó varios frentes de fricción: el impacto sobre tierras agrícolas, las exigencias energéticas y medioambientales, y el riesgo de una burbuja inmobiliaria alimentada por plataformas como Airbnb. «Por supuesto que uno de los puntos en los que ahora hay que trabajar es cómo se controla Airbnb, qué tipo de vivienda se hace», admitió el regidor, quien reconoció que esas cuestiones deberán negociarse con el inversor.
En cuanto a la escala del proyecto, Cergy-Pontoise se marcó como primera meta superar los algo más de 3 millones de visitantes anuales que recibe el parque Astérix. El objetivo de acercarse a los 15 millones de Disneyland París —el mayor parque de ocio de Europa— quedaría para una segunda fase.
El caso ilustra una tensión que se repite en Europa cuando el capital del Golfo llega con cifras de esta magnitud: la disposición a comprometer miles de millones de euros choca con el aparato regulatorio local, todavía enfrascado en discutir vivienda, transporte y controles a plataformas digitales antes de que se coloque el primer ladrillo. Mientras el inversor pone el dinero y fija un calendario a 2031, el municipio negocia protocolos de intenciones y promesas de refuerzo del transporte público.
El dato importa más que el ruido: 22.000 empleos y 6.000 millones de euros son cifras que ningún gobierno europeo, con las cuentas públicas bajo presión, puede permitirse desdeñar. La historia sugiere cautela sobre los plazos y sobre si la burocracia local terminará siendo el principal obstáculo para que Cergy-Pontoise reciba a tiempo la inversión que hoy celebra a medias.



