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Abraham Accords, tensión pública y diplomacia silenciosa: el debate sobre el aislamiento de Israel

Trump predice nuevas adhesiones al acuerdo mientras la opinión pública se deteriora; el gobierno a gobierno, dicen funcionarios israelíes, cuenta más que las encuestas.
Imagen ilustrativa
Líderesviernes 24 de julio de 2026

El presidente Donald Trump renovó esta semana el debate sobre la posición global de Israel al predecir que «van a ver a muchos países uniéndose muy pronto» a los Acuerdos de Abraham. La declaración la hizo durante una reunión en el Despacho Oval con el presidente libanés Joseph Aoun, y sintetiza una tensión que ningún análisis serio puede ignorar: la opinión pública sobre Israel cae, pero la diplomacia de Estado a Estado sigue su curso.

Los Acuerdos de Abraham, negociados por la primera administración Trump en 2020, normalizaron relaciones entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Marruecos y Sudán. Expandirlos es un objetivo declarado de la política exterior de Washington en este segundo mandato.

El instrumento más reciente es la palanca nuclear. Trump señaló el jueves que un acuerdo civil de energía atómica con Arabia Saudita dependería de que el reino se sume a los Acuerdos de Abraham. La condición muestra la disposición de la administración a usar uno de sus activos diplomáticos más valiosos para avanzar la normalización, aunque no implica que Riad haya aceptado.

Desde Nueva York, el embajador israelí ante la ONU, Danny Danon, rechazó la tesis del aislamiento. «La afirmación de que Israel es un país aislado sencillamente no es cierta», dijo a Fox News Digital. «Mientras la campaña para desmantelar la organización terrorista Hamás ha generado críticas internacionales, las relaciones de Israel con otros países no se han debilitado. Han evolucionado.»

El ex funcionario del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca Richard Goldberg argumentó en la misma línea: el apoyo conservador en Estados Unidos se mantiene sólido y, según él, las ganancias electorales de esa corriente se traducen en relaciones gubernamentales más estrechas con Jerusalén.

La disputa, en el fondo, es metodológica. Los críticos miden el aislamiento por la opinión pública —que se ha deteriorado marcadamente en EE. UU. y en gran parte del mundo occidental—, por la presión en organismos multilaterales y por la creciente distancia entre Israel y votantes demócratas y jóvenes. Los funcionarios israelíes y los analistas conservadores responden que lo que importa son los vínculos de defensa, energía y tecnología entre gobiernos, y que esos vínculos resisten o incluso se amplían.

Ambas lecturas contienen hechos verificables. La pregunta es cuál tiene mayor peso estratégico en el mediano plazo: ¿la legitimidad pública, que moldea márgenes parlamentarios y presupuestos de ayuda, o los acuerdos ejecutivos que se firman lejos de los titulares?

Conviene mirar los incentivos. Para la administración Trump, los Acuerdos de Abraham son un activo político y diplomático de primera magnitud: ofrecen una narrativa de paz negociada frente a la narrativa de guerra que domina los noticieros. Para Israel, cada nueva normalización reduce el perímetro de hostilidad formal y abre mercados. Para los países árabes que evalúan sumarse, el cálculo mezcla seguridad, inversión y la sombra de Irán.

El dato importa más que el ruido. Que la opinión pública se deteriore no invalida los acuerdos; que los acuerdos avancen no neutraliza el costo político de la impopularidad. Lo que la coyuntura revela es que Israel opera en dos tableros simultáneos —el de las instituciones y el de los gobiernos— y que el resultado final dependerá de cuál de los dos tableros defina primero las reglas del orden regional que emerge del conflicto en Gaza. La historia sugiere cautela ante quienes proclaman que uno de los dos ya ganó.

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