Las Vegas acoge desde este lunes el juicio contra Duane «Keffe D» Davis, de 63 años, exlíder de los South Side Compton Crips, acusado de haber encargado el asesinato del rapero Tupac Shakur la noche del 7 de septiembre de 1996. Han pasado tres décadas desde que los disparos efectuados desde un Cadillac blanco acabaron con la vida del artista, entonces de 25 años, cuando regresaba de un combate de boxeo de Mike Tyson en el casino MGM Grand.
La Fiscalía sostiene que Davis organizó la venganza tras un incidente ocurrido esa misma noche: Shakur y Marion «Suge» Knight, fundador de Death Row Records, golpearon al sobrino de Davis, Orlando «Baby Lane» Anderson, después de que este arrancara un medallón del cuello de un empleado del sello. Según la acusación, Davis habría orquestado el ataque y entregado el arma del crimen. Si es declarado culpable, se enfrenta a cadena perpetua incomputable.
El caso permaneció paralizado durante décadas por falta de pruebas. La investigación se reactivó tras la publicación en 2019 de las memorias de Davis, en las que el propio acusado relata que viajaba en el asiento delantero del vehículo desde el que se disparó y que pasó una pistola hacia el asiento trasero. Todos los demás ocupantes del Cadillac han muerto desde entonces. Esas memorias, junto con un interrogatorio policial de 2008 en calidad de testigo, llevaron a su detención en septiembre de 2023.
Ahora Davis se desdice. Ante ABC News en marzo de 2025, desde la cárcel, declaró: «Soy inocente. Nunca he matado a nadie. No tienen ninguna prueba contra mí. Ni siquiera pueden situarme en Las Vegas». Alega que esa noche estaba en Los Ángeles y afirma que nunca leyó sus propias memorias, atribuyendo su contenido a su coautor: «Él hizo su pequeña investigación y escribió el libro por su cuenta». Sus abogados intentaron sin éxito excluir el libro y el interrogatorio policial como pruebas.
El juicio promete reabrir también la legendaria rivalidad entre Death Row Records, protegida según la acusación por la banda Mob Piru, y Bad Boy Records, creado por Sean «P. Diddy» Combs en la costa este, que habría contratado a los South Side Compton Crips como escolta. Seis meses después del asesinato de Shakur, Christopher «The Notorious BIG» Wallace, artista de Bad Boy, también fue asesinado. Una reciente miniserie documental recoge además declaraciones de Davis en un interrogatorio policial en las que afirma que Combs le habría ofrecido un millón de dólares para matar a Shakur, según la fuente. El proceso comenzará con la selección del jurado, prevista para una semana.
En mayo, el hermanastro de Shakur presentó una demanda civil en la que sostiene que «todavía hay individuos implicados en el asesinato» que «no han sido responsabilizados por sus crímenes», señal de que el veredicto, sea cual sea, difícilmente cerrará todas las heridas.
Conviene mirar los incentivos. Lo que este juicio pone en evidencia no es solo la lentitud de la justicia —tres décadas para llegar a un tribunal—, sino la fragilidad de los casos construidos sobre confesiones autobiográficas que el propio autor puede repudiar. El sistema judicial funciona cuando las instituciones actúan con celeridad y las pruebas se preservan; cuando ambas condiciones fallan, el tiempo trabaja a favor de los culpables. El dato importa más que el ruido: lo que llevó a Davis ante un jurado no fue el trabajo policial de 1996, sino un libro publicado 23 años después. Esa es la medida real del retraso.



