El fabricante chino de pantallas y televisores TCL presentó una demanda contra la surcoreana Samsung en Estados Unidos por supuesta publicidad engañosa. La acusa de comercializar tres modelos de televisores como productos Mini LED sin que estos cuenten con los componentes y funciones asociados a esa tecnología.
La demanda, presentada el lunes en el estado de California, afecta a los modelos M70H, M80H y M90H de Samsung, lanzados en marzo pasado con precios de entre 330 y 2.499,99 dólares. TCL sostiene que Samsung rebautizó como Mini LED un modelo «barato procedente de una línea de producto reciclada».
El argumento técnico de TCL es concreto: la ventaja esencial de la tecnología Mini LED radica en que permite controlar de manera independiente grupos de pequeños diodos colocados detrás de la pantalla para mejorar el contraste. Según la demanda, en los modelos de Samsung «todos los diodos del panel trasero se controlan como un único grupo y se atenúan o iluminan al unísono», lo que anularía esa promesa.
La empresa china afirma haber superado a Samsung en 2025 en volumen de ventas de televisores Mini LED en Estados Unidos, con una cuota del 32,7% frente al 31,1% de la firma surcoreana, y atribuye a la llegada de la serie M un repunte posterior en las ventas de su competidora. Conviene subrayar que esas cifras y la relación causal que TCL propone son alegaciones aún no examinadas por ningún tribunal.
Samsung respondió que pretende «defenderse enérgicamente» y que «respalda plenamente la calidad y la exactitud» de las descripciones de sus productos. El grupo surcoreano recordó que lleva 20 años como la primera marca de televisores en Estados Unidos y declinó hacer comentarios adicionales por tratarse de un proceso judicial en curso.
TCL pide que el tribunal prohíba a Samsung anunciar esos modelos como Mini LED, que la empresa publique publicidad correctiva y que pague una indemnización aún no cuantificada, además de los beneficios obtenidos por Samsung y las ganancias que TCL afirma haber perdido por la competencia desleal.
El dato importa más que el ruido: lo que está en disputa no es una diferencia técnica menor, sino la confianza del consumidor en una etiqueta que se paga como premium. Cuando una marca invoca una tecnología superior para justificar un precio más alto, la publicidad deja de ser un detalle de marketing y se convierte en una promesa contractual implícita. Si esa promesa es falsa, el daño no es solo reputacional: es un fraude al bolsillo del comprador.
Resulta significativo que sea un tribunal de California, y no una autoridad regulatoria estatal china o surcoreana, el árbitro elegido para dirimir esta disputa entre dos gigantes asiáticos. La solidez institucional estadounidense —tribunales independientes, reglas de propiedad intelectual predecibles, capacidad de exigir publicidad correctiva y daños cuantificables— sigue siendo el terreno preferido incluso para litigios que nada tienen que ver con Estados Unidos en su origen comercial.
La competencia entre TCL y Samsung, lejos de ser una anomalía, es el funcionamiento normal de un mercado donde la innovación se disputa centímetro a centímetro y donde el consumidor, en última instancia, es el árbitro final. Que las empresas prefieran litigar ante jueces antes que ante burócratas es, en sí mismo, un dato a favor del sistema que lo permite.



