Tienen menos de 18 años, viven a miles de kilómetros de sus familias y estudian en algunas de las academias de danza más exigentes del mundo. Este fin de semana, Leonel, Delfina, Mia, Jeremías, Elena, Jazmín y Santino coincidirán en el escenario del Auditorio Nacional del Palacio Libertad, reunidos bajo el nombre «Futuriados», dentro del espectáculo Repatriados, que llega a su tercer año consecutivo con dirección de Patricio Di Stabile.
El recorrido de cada uno ilustra una ruta que combina talento temprano, concursos internacionales y el respaldo familiar necesario para independizarse de tan jóvenes. Leonel Galeppi López, de 14 años y oriundo de Quilmes, es el menor del grupo. Tras pasar veranos consecutivos en la Ópera de París, la Royal Ballet School de Londres lo becó después de su desempeño en el Youth America Grand Prix. En septiembre cruzará el Atlántico por primera vez como estudiante estable de esa institución centenaria.
Jazmín Arrieta, de 18 años y formada en Rosario, está en la recta final de su paso por Covent Garden. Antes de volver a Londres ya debutó en el cuerpo de baile del Royal Ballet durante una gira a Japón, donde la compañía presentó Giselle. «Fue una experiencia increíble, estar todo el día con la compañía, tomar clase con ellos, y a la noche bailar. Súper único», describió. Santino Herrera, también de 18 y salteño, llegó a la misma escuela por otro camino: una beca en el Cary Ballet Conservatory de Carolina del Norte y luego el Prix de Lausanne como trampolín.
Elena Barbieri se formó en el estudio de Marisa Ferri —ligado al legado de Olga Ferri— y en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón (ISA). Cuando regrese a Nápoles el mes próximo, estará en el umbral de su vida profesional en el Teatro San Carlos. Jeremías Azvalinsky, de 17 años y santafesino, completó ya una primera temporada en la Academia Princess Grace de Mónaco. Delfina Martín Reinas, de 15, vuela a fin de mes a Nueva York para incorporarse a la escuela del American Ballet Theatre (ABT), su primera vez en la ciudad.
Lo que une a los siete no es solo el talento o la vocación temprana. En la conversación que sostuvieron en el Palacio Libertad, los mayores del grupo le ofrecieron a «Leoncito» algo que ellos mismos no tuvieron al llegar a ciudades desconocidas: orientación. «Ojalá hubiéramos tenido una oportunidad como ahora le toca a él, alguien que nos dijera con qué íbamos a encontrarnos», señaló Elena Barbieri.
El dato importa más que el ruido. Argentina produce intérpretes capaces de competir y ganar becas en las instituciones más selectivas del mundo —Royal Ballet School, ABT, Princess Grace, San Carlos de Nápoles— sin que el Estado haya diseñado una política sistemática de retención o proyección de ese capital humano. El mérito lo construyeron familias, maestros privados y los propios jóvenes a través de concursos internacionales. Repatriados, como iniciativa cultural, cumple una función que debería ser obvia: mostrar que ese talento existe y que tiene nombre y apellido.
Conviene mirar los incentivos. Cuando un país exporta sistemáticamente a sus mejores intérpretes antes de que cumplan la mayoría de edad, la pregunta no es si el sistema funciona —claramente produce excelencia—, sino si las condiciones locales permiten que esa excelencia algún día regrese. Por ahora, el escenario del Palacio Libertad ofrece una respuesta parcial y bienvenida: al menos por unas semanas, volvieron.



