Robert Powell nació en Salford en 1944 y lleva seis décadas practicando lo que él mismo llama «gestos mínimos». La paradoja es que su papel más célebre lo convirtió en icono global precisamente por esa contención: Jesucristo en la miniserie de Franco Zeffirelli, una producción que la televisión chilena retransmite cada Semana Santa y que sigue siendo fenómeno de audiencia casi cincuenta años después de su estreno.
La historia de cómo Powell llegó al papel es, en sus propias palabras, «fascinante» y «dice mucho sobre cómo funcionan el cine y la televisión». En un primer momento audicionó para el rol de Judas. Cuando los productores le ofrecieron protagonizar la miniserie, tardó una semana en responder, y su respuesta inicial fue negativa: estaba interpretando uno de los papeles principales en Travesties, de Tom Stoppard, con la Royal Shakespeare Company, a punto de llevar la obra al West End y luego a Broadway.
Fue el propio Stoppard quien cerró el debate. Según recuerda Powell, el dramaturgo le dijo: «Ni lo pienses dos veces, mis textos y esos papeles siempre estarán, pero sólo tendrás la oportunidad de interpretar a Cristo una vez, así que tienes que hacerlo». Powell obedeció.
El rodaje lo llevó a Marruecos y Túnez bajo la dirección de Zeffirelli, junto a un elenco que incluía a Anne Bancroft como María Magdalena, James Earl Jones como Baltasar, Laurence Olivier como Nicodemo, Claudia Cardinale como la Adúltera y Anthony Quinn como Caifás.
La preparación fue rigurosa y, en cierto modo, frustrante. Powell leyó los cuatro Evangelios en busca de pistas sobre el carácter de Cristo. Su conclusión fue tajante: «No hay nada ahí que te diga algo sobre su carácter. Nada». Aun así, conserva una certeza personal: «Él existe. Existió».
Preguntado sobre la carga de encarnar una figura de tal peso iconográfico, Powell no esquiva la incomodidad: «Es un papel imposible de interpretar. Para ser honesto, nadie puede interpretarlo. Nadie». La ambición del actor, explica, consiste en poner la meta tan alta que uno se acerque a ella sin alcanzarla jamás. Con Jesús, la aspiración era más modesta y más honesta: «simplemente salirte con la tuya», es decir, interpretarlo sin que nadie se enojara. «Franco y yo trabajamos durante un año y nos salimos con la nuestra», concluye con una carcajada.
Las celebraciones formales por el 50° aniversario de la miniserie arrancarán en 2026, en el marco del Italian Global Series, donde Powell recibirá el Maximo Excellence Award, un galardón que reconoce trayectoria, talento y profesionalidad. Entre los otros galardonados figuran el guionista Carlton Cuse (Lost), la actriz Natasha Lyonne (Muñeca rusa) y el actor Titus Welliver (Bosch).
Powell, que confiesa haber visitado Chile hace cerca de una década, señala que aún hoy lo reconocen en el extranjero por ese papel. A sus ochenta años, sigue siendo, ante todo, el hombre que «se salió con la suya».
Conviene mirar los incentivos de la longevidad cultural. Una producción que sobrevive décadas sin apoyo estatal, reposicionándose sola en cada ciclo litúrgico, demuestra algo que las burocracias culturales rara vez admiten: el mercado de las audiencias premia la calidad sostenida mejor que cualquier subsidio. Jesús de Nazaret no necesitó reinventarse ni actualizarse para seguir llenando pantallas; necesitó, simplemente, haber sido bien hecha. El dato importa más que el ruido.



