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Robert Powell y el Jesús que nadie actuó: medio siglo de una imagen que llegó a los altares

En un conversatorio sobre los 50 años de la producción de 'Jesús de Nazaret', el actor británico reveló cómo el rigor de Franco Zeffirelli y la decisión de «no actuar» construyeron una figura que el público hizo suya en cada rincón del mundo.
Imagen ilustrativa
Culturamartes 21 de julio de 2026

Robert Powell no interpreta a Jesús de Nazaret: lo habita sin moverse. Esa es, en esencia, la tesis que el actor británico defendió en un conversatorio dedicado a los 50 años de la icónica producción, celebrado en el marco del Italian Global Series, en Rimini, Italia.

Las filmaciones se desarrollaron en Marruecos y Túnez entre finales de 1975 y comienzos de 1976, bajo la dirección del italiano Franco Zeffirelli, conocido previamente por su Romeo y Julieta (1968). Powell fue testigo directo del método del realizador desde los preparativos del rodaje y lo describe hoy como modelo de su propia obsesión por el detalle.

La decisión central que tomaron actor y director fue radical en su sencillez: evitar cualquier particularidad o excentricidad. La apuesta fue por «un lienzo completamente en blanco». Powell lo explica con precisión: «Si estás intentando contar esta historia a millones de personas, cada una con su propia versión de Jesús en sus cabezas, te enfrentas a una tarea muy difícil. Porque cualquier cosa que hagas que no esté en sus cabezas hará que se desconecten».

La estrategia funcionó. Según el propio Powell, decenas de miles de cartas llegaron con una respuesta uniforme: «Es exactamente como imaginaba que era Jesús». El actor es el primero en relativizar su mérito: «Yo no hice nada. Simplemente aporté la voz, la presencia. El maquillaje y el peinado hicieron el resto. Franco hizo la mejor película que creo haber visto jamás». Y más adelante añade, con honestidad desarmante: «El público había hecho todo el trabajo: le habían impuesto a esta figura no actuante su propia visión. Fue casi por accidente».

El impacto de la producción alcanzó dimensiones que van más allá de la pantalla. En los años 80, mientras Powell filmaba otra película en Puerto Ordaz, Venezuela, su equipo acudió a misa un Domingo de Pascua. Al regresar, le contaron que detrás del altar de la iglesia había una fotografía «muy, muy grande» suya. «¿Te imaginas si hubieras entrado a esa iglesia?», le dijeron entre risas. El anécdota ilustra con precisión el alcance de una imagen que dejó de pertenecer al actor para convertirse en propiedad colectiva.

Part de ese resultado, insiste Powell, se explica por el rigor casi arqueológico de Zeffirelli. «Todos los vestuarios estaban hechos con tintes orgánicos. La mayoría de los directores ni siquiera se molestarían en hacer eso. Pero no Franco. Él no quería nada que no hubiera estado disponible hace 2 mil años». El director, agrega, «encontró una manera de contar una historia de manera simple, usando sólo las palabras disponibles, el guión, el que es terriblemente importante».

El reconocimiento persiste décadas después. Powell relató que durante una visita a Sudamérica y al Desierto de Atacama en 2012, el público chileno lo identificó sin dificultad. «Chile fue maravilloso», dijo.

Conviene mirar los incentivos detrás de este fenómeno cultural. Jesús de Nazaret no fue un producto del cálculo comercial moderno ni de la ingeniería de audiencias que hoy domina las plataformas de streaming. Fue el resultado de un artesano con criterio propio —tintes orgánicos incluidos— y un actor dispuesto a desaparecer en el personaje. La paradoja es que esa renuncia al lucimiento personal produjo una de las imágenes más reconocibles del siglo XX.

El dato importa más que el ruido: en una época en que el entretenimiento se fragmenta en nichos y el algoritmo reemplaza al criterio editorial, la historia de Zeffirelli y Powell es un recordatorio de que la universalidad no se fabrica con datos demográficos, sino con oficio, convicción y la humildad de saber cuándo no actuar.

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