Edición Globalsábado 17 de octubre de 2026 El mundo en breveLa edición semanal
Continente ORDEN Y PERSPECTIVA GLOBAL.
LíderesEstados UnidosLas AméricasEuropaAsia y ChinaOriente Medio y ÁfricaInternacionalNegociosFinanzas y economíaCiencia y tecnologíaCultura
Secciones y más
El mundo
LíderesEstados UnidosLas AméricasEuropaAsia y ChinaOriente Medio y ÁfricaInternacional
Negocios, ciencia y cultura
NegociosFinanzas y economíaCiencia y tecnologíaCultura
El medio
El mundo en breveLa edición semanal BoletinesAcerca
Cultura

Polignano a Mare, el pueblo que le puso letra a «Volare»

Domenico Modugno nació en la Puglia en 1928, no en Sicilia como él mismo prefería contar. Su canción «Nel blu dipinto di blu» inauguró los Grammy en 1958 y sigue sonando en cada rincón del Adriático.
Imagen ilustrativa
Culturasábado 1 de agosto de 2026

Hay pueblos que viven de la historia y pueblos que viven de una canción. Polignano a Mare, enclavado sobre los acantilados del Adriático en la región italiana de la Puglia, tiene las dos cosas: un casco antiguo de pasajes empedrados y la melodía de Volare que suena sin pausa en restaurantes, tuk-tuks y lanchas.

Domenico Modugno nació allí el 9 de enero de 1928. Sus vecinos lo recuerdan como «Mimì, el chico del pelo rizado», un niño indisciplinado que subía y bajaba las escaleras del casco antiguo y tiraba piedras a las ventanas. A los 7 años, su familia se mudó a San Pietro Vernotico, en Brindisi, por el trabajo de su padre, Vito Cosimo, aunque regresaba cada verano a Polignano. Sus refugios eran la tabaquería de su tío, la Cala Grottone y el carrito de helados Super Mago del Gelo de la familia Campanella. Hoy, en las paredes de esa heladería, una foto del cantautor adulto —posando como si cantara junto a su amigo Mario Campanella— convive con las imágenes de otras personalidades que pasaron por el local.

La vida de pueblo no era lo suyo. Tras cumplir el servicio militar, viajó a Roma. Ganó un concurso de interpretación en un centro experimental de cine y obtuvo una beca que lo acercó a la pantalla grande. Su primera película fue Filumena Marturano, con guion y dirección de Eduardo De Filippo, en 1951. Un año después interpretó a un soldado siciliano en Carica eroica, de De Robertis: allí nació la leyenda, repetida por él mismo durante años, de que era nativo de Sicilia.

Luego vinieron papeles menores, obras de teatro y un concurso radiofónico que cambió su trayectoria: la RAI lo convocó para escribir letras y diseñar sonidos en una serie de programas. Compuso canciones en dialecto apuliano y siciliano. En 1957 ganó el segundo premio en el Festival de la Canción Napolitana con Lazzarella.

Pero la pieza que lo volvió icónico fue otra. Nel blu dipinto di blu —conocida universalmente como Volare—, coescrita con Franco Migliacci, es un canto a la felicidad: «Creo que un sueño como este nunca volverá / Me pinté las manos y la cara de azul / Entonces de repente fui secuestrado por el viento / Y comencé a volar en el cielo infinito». La canción se tradujo a varios idiomas, cruzó el continente y vendió miles de copias en Estados Unidos. En 1958 recibió el Oscar de la Grabación e inauguró los Premios Grammy, donde fue reconocida como Grabación del Año y Canción del Año. Alcanzó el primer puesto en el Billboard Hot 100; según estadísticas del año pasado, solo 39 canciones en lengua no inglesa llegaron al top 10 en los 65 años de historia del ranking, y la primera fue Volare.

En el centro de Polignano, frente al Adriático y con los brazos abiertos hacia el viento, una escultura del cantautor —obra del escultor argentino Hermann Mejer, levantada en 2009— reproduce el gesto que lo hizo célebre. El mismo gesto que aparece en las fotos de su época dorada, en los años cincuenta.

Conviene mirar los incentivos que produce la identidad cultural cuando se ancla en un lugar concreto. Polignano a Mare no exporta petróleo ni tecnología: exporta memoria, paisaje y una melodía que lleva casi siete décadas circulando por el mundo. El turismo que hoy llena sus restaurantes y forma fila en la heladería Il Super Mago es, en buena medida, el dividendo de haber preservado y celebrado ese patrimonio sin mediación burocrática excesiva. El dato importa más que el ruido: una sola canción, compuesta por un hijo díscolo del pueblo, sigue generando valor económico real generaciones después. Es la lógica del libre mercado de las ideas aplicada a la cultura: lo que es genuino, lo que conecta con algo verdadero, termina por imponerse.

Más sobre Cultura

La edición semanal

El temario completo de la semana

Leer la edición →