La primera vez que Tina e Ippolitina vieron a Michele fue en una fotografía. Él tenía 25 años, vivía en Buenos Aires y quería casarse con una mujer de Ricadi, en la región de Capo Vaticano, Italia. Para lograrlo, les envió una imagen suya a sus padres, quienes eligieron a la joven que vivía a la vuelta, sobre la calle Via Roma 11.
Con 18 años, Tina recibió la foto de un hombre al que no conocía y que se encontraba al otro lado del océano. Según relata el libro que recoge su historia, «suspiró, y los latidos de su corazón la delataron. Dijo que sí, que quería casarse con él».
Durante los meses siguientes, la pareja se escribió cartas. Cuando por fin se vieron en persona, fue frente al altar de la iglesia del pueblo donde ambos habían nacido. El abuelo de Tina, Francesco —organista, tenor y músico de las dos iglesias del lugar— les cantó el Ave María y tocó el órgano. Una prima de Michele les regaló una gallina.
Los primeros meses de matrimonio transcurrieron en un departamento alquilado sobre la misma cuadra de la casa familiar, encima de una joyería. A los pocos días, Tina quedó embarazada. Pero Michele solo disponía de un permiso de un año para permanecer en Italia, y a Tina no le permitieron abordar el barco de regreso: le dijeron que no aguantaría quince días de travesía en esas condiciones. Michele volvió solo a Buenos Aires.
El hijo, Raimondo Salvador Juan, nació el día de San Juan. Tina eligió el nombre Salvador en promesa a su madre. Cuando el bebé cumplió tres meses, el padre de Tina vendió la tierra que había heredado en Tropea y con ese dinero costeó el viaje de su hija a Argentina. En el puerto, Michele esperaba a su mujer y conoció a su hijo por primera vez: el niño llevaba puesta «la ropita que él les había mandado a Italia».
La familia se instaló en Palermo, en la calle Humboldt, junto al cuñado Antonio y su esposa Linda. En Buenos Aires, Michele trabajó como sastre. En 1950, él y su hermano fundaron Schiariti Hermanos, una sastrería que creció a fuerza de trabajo. Décadas después, los hijos de Michele —Raimundo, Franco y Alberto— continuaron el negocio: en 2014, según recoge la historia, obtuvieron el primer Premio de Falabella al mejor proveedor de todos los rubros y, en el mismo año, otro trofeo como mejores proveedores de indumentaria.
Tina y Michele vivieron diez años en la casa compartida con la familia hasta que pudieron construir la propia, en el barrio de Chacarita, donde residen hoy. Su historia fue recogida por la autora Jéssica Fainsod en el libro Amore del Capo, publicado por Colihue, que incluye recetas típicas, poemas y canciones, y narra la llegada en barco a «la América», el esfuerzo de no hablar el idioma y el crecimiento entre hilos y agujas. Tina ha dado entrevistas a radio, televisión y medios gráficos; según cuenta la autora, viajan de diferentes lugares del país y del mundo a conocerlos.
«La de Tina y Michele es la historia de un auténtico licor de amor calabrés que ya lleva setenta años. Quien lo prueba, no lo olvida», escribe Fainsod.
Conviene mirar los incentivos que hicieron posible esta historia: un hombre dispuesto a construir desde cero en tierra ajena, una familia que apostó su patrimonio —literalmente, la tierra heredada en Tropea— para reunir a sus hijos, y una pareja que convirtió la distancia y la incertidumbre en proyecto común. El dato importa más que el ruido: lo que hoy se llama «matrimonio arreglado» fue, en este caso, el punto de partida de tres generaciones de libre empresa, trabajo y arraigo. La historia sugiere cautela ante la tentación de juzgar con parámetros de hoy lo que fue, en su tiempo, una forma perfectamente racional —y profundamente humana— de fundar una familia.



