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El sueño europeo que la arena se tragó: la Atlantic City argentina que nunca fue

Entre 1908 y 1928, dos oleadas de inversión privada intentaron convertir los médanos de Ostende en un balneario de escala continental. La Primera Guerra Mundial y el terreno mismo los derrotaron.
Imagen ilustrativa
Culturamiércoles 8 de julio de 2026

A principios del siglo XX, la costa bonaerense era poco más que un paisaje de médanos en movimiento. No había forestación, no había infraestructura, no había costumbre de bañarse en el mar por placer. Lo que había era tierra barata, visión empresarial importada de Europa y una clase de inmigrantes dispuestos a apostar capital propio en un proyecto sin red de seguridad estatal.

Todo comenzó con una transferencia de propiedad privada. El gobierno nacional habilitó que grandes terratenientes expandieran sus campos hacia zonas no ocupadas de la costa. La parcela de Ostende pasó de Martín de Álzaga a su viuda, Felicitas Guerrero, y de allí fue vendida al belga Fernand de Robette y al italiano Agustín Poli. Los dos conocían de primera mano los balnearios europeos —Robette provenía de Flandes, donde existe la ciudad de Oostende— y estaban convencidos de que las dunas podían replicar ese modelo.

Era 1908. Robette y Poli convocaron a los arquitectos franceses Chapeaurouge y Auguste Huguier, y a los ingenieros Weber y Gilardón. El proyecto no era levantar un hotel: era fundar una ciudad, con amplias avenidas, espacios públicos y un trazado que imitaba el espíritu de los grandes balnearios del continente. Entre 1913 y 1914 se levantó el Hotel Termas Ostende, hoy conocido como el Viejo Hotel Ostende, uno de los pocos edificios originales que aún permanecen en pie.

Lo que siguió fue una lección clásica sobre cómo los eventos geopolíticos destruyen el cálculo del inversor privado. La Primera Guerra Mundial obligó a Robette a volver a Bélgica. El impulso se evaporó. Los médanos, que avanzaban sin pausa sobre las construcciones, hicieron el resto. La ciudad soñada quedó reducida a unas pocas estructuras dispersas en la arena.

Pero el arquitecto Huguier no se rindió. Entre 1927 y 1928 volvió a los mismos terrenos con una apuesta de mayor escala. La bautizó Atlantic City —el nombre era deliberado, una señal de glamour y éxito— y proyectó el Atlantic Palace como edificio central de un complejo que incluía casino, club, piscinas, deportes náuticos, muelle de pesca, amarras para yates, canchas de golf y tenis, salas de cine y espacios para conciertos. La provincia de Buenos Aires participaba del proyecto, con la idea de replicar un complejo similar en Mar del Plata.

De todo eso quedaron los planos y una fracción mínima de lo construido: según reconstruyen los autores del libro Libro de huéspedes. 100 años del Viejo Hotel Ostende, «el megalómano proyecto del Palace Hotel se dilató hasta 1928, y para entonces el destino de Ostende ya estaba echado». Solo se construyó una catorceava parte del proyecto original. El edificio —estilo ecléctico francés, hoy en la esquina de Nuestras Malvinas y Mitre en Mar de Ostende— existe como ruina conceptual de una ambición que el terreno y la historia no permitieron completar.

Conviene mirar los incentivos. Lo que este episodio ilustra no es el fracaso de la iniciativa privada, sino su resiliencia: dos veces en veinte años, capital privado —europeo, sin subsidios visibles— intentó transformar un paisaje inhóspito en valor económico real. Lo que los detuvo no fue la falta de visión ni de mercado, sino una guerra mundial y la física implacable de los médanos. El Estado apareció tarde, como socio menor en la segunda vuelta, no como motor. Ostende existe hoy —con el Viejo Hotel como emblema— porque hubo empresarios dispuestos a perder antes de que hubiera garantías. La historia sugiere cautela ante la narrativa que atribuye al sector público la paternidad de lo que construyeron otros.

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