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El millonario que encontró Troya y la destruyó al excavar

Heinrich Schliemann cumplió el sueño de su infancia, pero sus métodos brutales —dinamita, pico y carretilla sin registro— borraron para siempre capas irreemplazables de la historia humana.
Imagen ilustrativa
Culturamartes 14 de julio de 2026

Para la Navidad de 1829, un niño de ocho años llamado Heinrich Schliemann recibió una Historia Universal Ilustrada. En una lámina vio el incendio de Troya y decidió, ahí mismo, que la ciudad existía y que él la encontraría. La anécdota, citada por Pilar Luis Peña en su artículo Un hombre llamado Schliemann y un sueño llamado Troya, resume la obsesión que gobernaría toda su vida.

Schliemann no era arqueólogo ni académico de formación. Era, ante todo, un hombre de negocios. Su facilidad para los idiomas y su instinto comercial lo convirtieron en millonario hacia la treintena. Pero la riqueza no lo satisfacía. En 1866 se trasladó a París para estudiar Ciencias de la Antigüedad y Lenguas Orientales en la Sorbona, preparándose para invertir su fortuna en una sola apuesta: demostrar que La Iliada de Homero tenía sustrato histórico real.

En 1868 viajó a Grecia por primera vez y comenzó excavaciones en Ítaca y Micenas, pagadas de su propio bolsillo. Sin hallazgos relevantes, cruzó a Turquía, entonces parte del Imperio Otomano. Allí conoció a Frank Calvert, cónsul británico en los Dardanelos, quien había comprado la mitad de la colina de Hisarlik y sospechaba que bajo ella dormía Troya. Calvert había excavado sin éxito; Schliemann, con sus recursos, prometió ir más lejos.

En 1870, con los permisos otomanos en mano, comenzaron los trabajos en Hisarlik. Las condiciones eran duras: frío, insectos, víboras, saqueadores y falta de higiene, según describe Peña. Pronto Schliemann comprendió que no había una sola ciudad enterrada, sino varias superpuestas. El suelo originario de la colina estaba a diecisiete metros de profundidad, y bajo el polvo de los siglos no yacía una Troya sino la superposición de al menos seis ciudades distintas.

El problema fue el método. Al no ser arqueólogo profesional, Schliemann recurrió a lo que Jill Rubalcaba y Eric H. Cline describen en Excavando Troya: De Homero a Hisarlik como técnicas «salvajes y brutales», incluso para los estándares del siglo XIX: araba capas de tierra sin cartografiar los hallazgos ni describir los descubrimientos. Según National Geographic, sus trabajadores utilizaron, en algunas versiones, dinamita y maquinaria pesada para alcanzar mayor profundidad, lo que destruyó buena parte de los estratos superiores y causó la pérdida irreversible de información histórica. El resultado fue la llamada «Trinchera de Schliemann», una abertura de diecisiete metros en la colina que dañó el sitio de forma permanente.

En 1873 llegó el hallazgo que lo consagró y lo condenó al mismo tiempo. La expedición desenterró un gran tesoro de objetos de oro y plata: copas, jarras, diademas, 8.750 anillos, pulseras, botones y otros objetos finamente labrados. Schliemann, guiado únicamente por La Iliada, los identificó como el Tesoro de Príamo, el legendario rey troyano. Pero no informó a las autoridades otomanas del descubrimiento. Sacó el tesoro en secreto hacia Grecia, donde lo ocultó.

Años después rectificaría su datación inicial: la ciudad que creyó ser la Troya homérica —Troya II— no era la correcta; el nivel pertinente correspondía a Troya VI o Troya VIIa.

Conviene mirar los incentivos. Schliemann operó como un empresario solitario: asumió el riesgo, financió la operación y reclamó el premio. Esa lógica produjo el descubrimiento; también produjo el daño. Lo que faltó no fue capital privado ni audacia, sino el marco institucional que obliga a registrar, preservar y rendir cuentas. El dato importa más que el ruido: la «Trinchera de Schliemann» es hoy un recordatorio de que el genio individual sin reglas claras puede, en el mismo movimiento, revelar y destruir lo que buscaba salvar. La historia sugiere cautela ante quienes confunden su propia convicción con el método.

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