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Deterioro funcional llega una década antes en Brasil que en Europa, revela estudio con 30.000 mayores

La desigualdad socioeconómica acelera el envejecimiento: las limitaciones funcionales se concentran en personas con menor educación e ingresos, según investigación publicada en PLOS One.
Imagen ilustrativa
Ciencia y tecnologíamiércoles 5 de agosto de 2026

Un estudio conjunto de científicos de Brasil y España, publicado en la revista PLOS One, concluye que el deterioro funcional asociado al envejecimiento comienza, en promedio, una década antes en Brasil que en Europa. La investigación, cuyos autores incluyen a miembros de la Universidad de Vic (UVic) y del Instituto de Investigación e Innovación en Ciencias de la Vida y de la Salud de Cataluña Central (IRIS-CC), analizó datos de más de 30.000 personas mayores de 50 años: 4.825 de Brasil y 25.978 de Europa.

El hallazgo central es claro: la dependencia funcional en las Actividades Instrumentales de la Vida Diaria (IADL) surge en Brasil en el rango de edad de 60 a 69 años, mientras que en Europa el inicio de un riesgo significativo se produce una década más tarde. Los investigadores advierten que estas diferencias «pueden perjudicar un envejecimiento saludable» y ponen de manifiesto «las disparidades sociales» entre ambas regiones.

Los datos desglosan los riesgos por dimensiones. En movilidad, la fuerza de agarre actúa como factor protector más robusto en Europa, en tanto que la velocidad de la marcha representa un riesgo significativo de deterioro en las actividades básicas de la vida diaria en Brasil, con una razón de posibilidades (OR) del 16 por ciento. En vitalidad, la pérdida de peso mostró un riesgo significativo de deterioro en europeos, con un OR del 18 por ciento.

En cognición, la baja capacidad de memoria autopercibida resultó un riesgo similar en ambas cohortes: OR del 23 por ciento en Europa y del 22 por ciento en Brasil. En el plano psicológico, la depresión plantea un mayor riesgo independiente en Europa, con un OR de entre el 67 y el 71 por ciento, mientras que una autopercepción deficiente de la salud reflejó un mayor riesgo en Brasil, con un OR del 72 por ciento.

En función sensorial, la discapacidad auditiva representó un mayor riesgo para las IADL en Brasil, con un OR del 27 por ciento, mientras que la discapacidad visual fue significativa únicamente en Europa, con un OR del 32 por ciento.

Los autores señalan que «las limitaciones funcionales se concentran mayoritariamente en las personas con menor nivel educativo e ingresos, debido a la exposición prolongada a la pobreza y a una menor formación académica a lo largo de la vida», y que «estos factores aceleran la aparición de enfermedades crónicas y la consiguiente pérdida de funcionalidad». A partir de ello, sostienen que las estrategias de Atención Integrada para las Personas Mayores (ICOPE) de la Organización Mundial de la Salud «deben adaptarse a cada contexto social para promover un envejecimiento saludable y equitativo».

Conviene mirar los incentivos. El estudio no hace sino confirmar lo que la evidencia comparada reitera: los sistemas de bienestar que priorizan el gasto asistencial sin atacar las causas estructurales —baja calidad educativa, mercados laborales rígidos, informalidad crónica— terminan administrando el deterioro en lugar de prevenirlo. Brasil lleva décadas expandiendo su aparato de protección social; sin embargo, la brecha con Europa en salud funcional no se cierra, sino que se manifiesta diez años antes. El dato importa más que el ruido: la desigualdad que castiga al adulto mayor brasileño no nació en la vejez, sino en décadas de acceso desigual a educación, empleo formal y capital. Ninguna política de «envejecimiento activo» diseñada desde arriba sustituye las condiciones que permiten a una persona llegar a los 60 años con reservas funcionales intactas.

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