Chantal Delsol (París, 1947), miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas de Francia y fundadora del Instituto Hannah Arendt, no encaja con facilidad en ninguna etiqueta. Crítica de Mayo del 68, feminista en los años setenta y autora de Populismos, El crepúsculo de lo universal y La insurrección de las singularidades, se define a sí misma como «liberal-conservadora». Su nuevo libro en español, El odio del mundo. Totalitarismos y posmodernidad, publicado por el Instituto de Estudios de la Sociedad (IES), prolonga esa incomodidad productiva.
El argumento central es preciso: el siglo XX fue devastado por los totalitarismos utópicos; Occidente condenó su terror, pero preservó el impulso que los alimentaba. «El debate y la lucha enfrentan a quienes aún quieren reemplazar este mundo y a quienes quieren defenderlo», escribe Delsol. La posmodernidad, sostiene, no produjo sociedades verdaderamente liberales; las dejó gobernadas por lo que Georg Simmel llamaba un «rey clandestino»: un principio que monopoliza el valor y tolera poco las demás creencias.
Para ilustrar las dos actitudes en tensión, Delsol recurre a dos figuras. El jardinero ama el mundo sin considerarlo perfecto; sabe que algunos árboles no darán frutos, pero acompaña el impulso de los que sí pueden crecer. Acepta, dice, «sin amargura ni rebeldía, unos límites establecidos antes que él y fuera de él». El demiurgo, en cambio, quiere crear de la nada, a partir de su propio pensamiento, «como Dios»; y eso, argumenta la filósofa, es algo que un ser humano no puede hacer. De ahí que el demiurgo viva únicamente de decepciones.
El diagnóstico sobre el origen de esa voluntad demiúrgica es histórico: surge, según Delsol, tras el derrumbe del cristianismo como religión matriz de la cultura occidental. «Tras haber matado a Dios durante la época revolucionaria, el hombre moderno se toma por Dios: cree que puede crear 'un mañana radiante', 'la democracia como régimen del fin de los tiempos' o 'la paz eterna'.» El marxismo maoísta sería, en esa lectura, una imitación no occidental del mismo patrón.
La misma lógica, advierte, opera en sentido inverso: «Querer restaurar un orden perdido es tan insensato y terrorista como pretender instaurar una utopía.» El conservadurismo que Delsol defiende no es nostalgia; es la disposición a recibir, cultivar y transformar la realidad dentro de límites reconocidos.
Sobre la ecología como nueva forma de sacralización, la filósofa es directa: cuando afirmó que «nuestros contemporáneos ya no creen en Dios ni en Marx, pero abrazan árboles», apuntaba a formas de panteísmo en las que se adora la naturaleza como podían hacerlo los pueblos precristianos. Cuidar la naturaleza, dice, es legítimo; sacralizarla es otra cosa.
Conviene mirar los incentivos. El libro de Delsol llega en un momento en que las democracias occidentales oscilan entre dos tentaciones simétricas: la de los ingenieros sociales que quieren rediseñar la sociedad desde el Estado, y la de los restauradores que sueñan con un pasado que nunca existió exactamente como lo recuerdan. Ambas comparten el mismo defecto de origen: la negativa a aceptar que la realidad precede al proyecto.
La distinción entre el jardinero y el demiurgo no es solo filosófica; tiene consecuencias institucionales concretas. Las economías que crecen de manera sostenida lo hacen porque acumulan reglas, incentivos y confianza a lo largo del tiempo, no porque un gobierno de turno las reinvente. El dato importa más que el ruido: las sociedades que mejor han preservado la propiedad, el contrato y la separación de poderes son también las que más han resistido tanto el totalitarismo utópico como el reaccionarismo restaurador. Delsol no lo dice en esos términos económicos, pero su jardinero reconocería el argumento.



