Roberto Merino, poeta y cronista nacido en el barrio San Isidro de Santiago, acaba de publicar Ciudad del olvido, un volumen de nueve ensayos editado por Random House que explora la historia, los barrios y las mutaciones de la capital chilena. El libro se suma a la reedición de sus crónicas de Todo Santiago y representa, según la prensa que lo ha reseñado, una obra de mayor ambición y calado que sus entregas anteriores.
Merino escribió su primera crónica sobre Santiago a los 13 años, a mediados de los años 70, cuando siguió en bicicleta a los corredores de un maratón que pasó cerca de su casa. «La gente aplaudía desde los balcones. Entramos al Estadio Nacional y yo subí a las graderías con mi bicicleta», recuerda. Fue, dice, «una experiencia muy rara en plena dictadura». La ciudad, desde entonces, se convirtió en su material de trabajo.
El título del libro surgió de uno de los ensayos y fue propuesta de los editores. Merino lo adoptó porque le pareció que podía hablar de algo más amplio que la geografía urbana: «Todos tenemos vínculos permanentes con la memoria y con el olvido. Santiago cambia muy rápido y es muy fácil olvidar lo que había antes».
Uno de los ejes del volumen es la llamada Belle Époque chilena, ese período de esplendor arquitectónico y cultural de inicios del siglo XX que convivió, sin embargo, con una pobreza extrema. Merino no esquiva la tensión: «Había un esplendor, sí, pero coexistía con una pobreza extrema. La parte más dura comenzaba hacia el sur, por el sector del Zanjón de la Aguada, y también en La Chimba, hacia San Pablo y el río. Había poblaciones miserables, terrenos arrendados sin ningún servicio, sin condiciones higiénicas. La delincuencia era brutal. Las muertes por acuchillamiento eran frecuentes». Esa tensión, señala, irrumpe con fuerza durante la huelga de la carne de 1905, aunque sus raíces se remontan a manifestaciones violentas de fines del siglo XIX.
Sobre la conservación del patrimonio, Merino observa un cambio de actitud en la sociedad chilena. «Cuando apareció el Día del Patrimonio fue sorprendente la cantidad de gente que participó», dice. Hoy ve arquitectos jóvenes comprando departamentos antiguos en el centro para restaurarlos y mostrando en TikTok interiores de construcciones de fines del siglo XIX. El problema, reconoce, es la dificultad de compatibilizar el crecimiento urbano con los hallazgos arqueológicos: «Aparece un cuesco de durazno y se detienen las obras».
La reflexión más inquietante del libro apunta a la fragilidad intrínseca de la arquitectura frente a otras artes: «Si un compositor escribe una sinfonía, existe una idea de perdurabilidad. En cambio, un edificio, incluso uno extraordinario, está destinado a desaparecer. Eso siempre me ha parecido muy raro».
Conviene mirar los incentivos que moldean esa fragilidad. La arquitectura es, entre todas las artes, la más expuesta a las decisiones del aparato regulatorio y del mercado inmobiliario: un cambio de zonificación, un subsidio mal diseñado o la ausencia de incentivos fiscales para la restauración pueden borrar en una tarde lo que tardó décadas en construirse. El libro de Merino no es un manifiesto político, pero su pregunta de fondo —qué merece conservarse y quién decide— es, en última instancia, una pregunta sobre instituciones y sobre el valor que una sociedad asigna a lo que heredó. La historia sugiere cautela: las ciudades que destruyen su memoria construida rara vez recuperan lo que pierden.



