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Ciencia en pasarela: la Alta Costura de París 2026 convierte el plasma y la biología en vestidos

Del 6 al 9 de julio, París reunió a las grandes casas con colecciones donde la impresión 3D, el corte láser y un acelerador de partículas desplazaron al hilo como protagonistas. La innovación, no el gasto estatal, sigue siendo el motor del lujo.
Imagen ilustrativa
Culturaviernes 10 de julio de 2026

Durante cuatro días en París, del 6 al 9 de julio de 2026, las principales casas de alta costura presentaron sus colecciones para la temporada Otoño-Invierno. El evento, que solo puede albergar un grupo reducido de casas autorizadas bajo estrictos requisitos de la alta costura francesa, se distingue del prêt-à-porter por producir prendas confeccionadas casi por completo a mano, sin producción en serie.

El crítico internacional Godfrey Deeny escribió en la revista Elite Traveler que las innovaciones científicas y las inspiraciones artísticas fueron los rasgos dominantes de esta edición. El dato importa más que el ruido: en un sector que ha enfrentado estancamiento en el segmento del lujo tradicional, la respuesta de las marcas fue la inversión en tecnología y creatividad, no la espera de subsidios.

La holandesa Iris van Herpen, reconocida por sus siluetas creadas con impresión 3D y corte láser, presentó Sonic Earthquakes, una colección inspirada en las estructuras ramificadas de las supernovas, las geometrías espirales de las galaxias y la turbulencia del plasma. Una de sus piezas, Fractal Universe, contenía un acelerador de partículas que, según explicó la diseñadora, convirtió la prenda en un depósito de energía con miles de millones de electrones atrapados en los días previos al desfile. «Esta es la primera vez que trabajamos con el cuarto estado de la materia: el plasma», declaró Van Herpen en redes sociales.

Jonathan Anderson presentó su segunda colección al mando de Dior tomando como referencia a la escultora estadounidense Lynda Benglis, conocida por sus pinturas en cera y sus esculturas en látex. Anderson tradujo las fundiciones en metal de Benglis y su uso de láminas de oro y zinc en vestidos de seda plisada con acabados metalizados, y reinterpretó sus esculturas abstractas en trajes de sastre. Un viaje de Benglis a la India, que inspiró una serie de obras dedicadas al pavo real, sirvió de referencia para una colección de abanicos bordados.

Schiaparelli, bajo la dirección del estadounidense Daniel Roseberry, cambió la seda por el látex, la silicona y una técnica que consiste en hornear láminas de pintura para esculpirlas en forma de boleros y otras piezas. El francés Alexis Mabille presentó Dual, una colección de prendas reversibles: gruesos abrigos y vestidos tubo de terciopelo negro que se transformaban en conjuntos dorados o plateados ante el público.

En el plano institucional, la semana registró dos debuts relevantes: Pierpaolo Piccioli, quien hasta 2024 fue director creativo de Valentino, presentó su primera colección al mando de Balenciaga, mientras que el neerlandés Duran Lantink hizo su debut en Jean Paul Gaultier. Ambos movimientos forman parte de una transformación sin precedentes en las direcciones creativas de las grandes casas, que críticos atribuyen en parte al estancamiento reciente del sector.

Conviene mirar los incentivos. Lo que París exhibió esta semana no fue el resultado de políticas industriales ni de programas públicos de «apoyo a la creatividad»: fue la respuesta de empresas privadas a la presión competitiva. Cuando el lujo tradicional se estanca, la libre empresa responde con aceleradores de partículas cosidos a la seda y látex horneado en forma de escultura. La historia sugiere cautela ante quienes proponen que el Estado es mejor árbitro de la innovación que el mercado. La pasarela parisina, una vez más, ofrece el contraejemplo más vistoso del año.

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