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César Aira publica su novela número cien y más: aventuras anticolonialistas en la Patagonia del siglo XIX

«Los viajes de Julius Brenchley» (Seix Barral) llega con la firma del escritor argentino más cotizado en las casas de apuestas al Nobel, y convierte a sirvientes e indígenas en protagonistas frente a los «dueños del mundo».
Imagen ilustrativa
Culturamiércoles 15 de julio de 2026

César Aira (Coronel Pringles, 1949) ha superado la marca del libro número cien y ya tiene en librerías su nueva novela: Los viajes de Julius Brenchley (Seix Barral, $ 26.900). La obra está ambientada en el siglo XIX, en el extremo suratlántico del continente americano, y toma como «mascarón de proa» al explorador, naturalista y caballero británico Julius Brenchley (1816-1873), quien viaja con su sirviente a bordo de la goleta Gloriana rumbo a Valparaíso.

Brencley, sin embargo, es casi una figura decorativa. Los protagonistas activos son dos personajes secundarios: Cruikshank, el valet del explorador, y Mary, la dama de compañía de una aristócrata altanera que aspira a debutar como escritora de viajes. Por circunstancias inesperadas —un macareo que arrastra la nave río adentro en la primera parte; un secuestro extorsivo en la segunda— ambos lacayos quedan en manos de indígenas. Cruikshank es rescatado por patagones «tan gentiles como gigantescos» y se convierte en «juguete humano» de los niños de la tribu; Mary es guiada por un joven ona por el «circuito de las atracciones» de la isla.

La novela no elude la ironía sobre el colonialismo. El valet tiene «la ocurrencia, muy al uso en el siglo XIX, de comprar nativos para exhibir en ferias en su país de origen». El narrador glosa el episodio con precisión: «Para su coleto pensó que los ingleses eran incorregibles. Colonialistas de alma, el mundo para ellos era una tienda de departamentos en la que podían escoger los productos nacionales, incluidos los productos vivientes, y efectuar un pago solamente simbólico».

El propio Aira explica su intención a La Nación: «Quise hacer una vindicación de los pueblos americanos colonizados por Europa, también de los niños, de los sirvientes, de los hombres de baja estatura y de las chicas no muy lindas. Mi edad, y los deterioros que conlleva, me han hecho muy sensible a la crueldad con que se trata a los desfavorecidos y los menores».

La novela fue escrita en febrero de 2026 —así lo indica la fecha en la página final— y el autor admite que, de no mediar «el apuro de la editorial», le habría agregado dos tramos más: uno en la isla de Pascua y otro en Java. La trama incluye además un elogio de Chile y una crítica a Juan Manuel de Rosas, descrito en el texto como responsable de «una larga dictadura populista», así como una ironía sobre la «moda» decimonónica de la literatura escrita por mujeres.

Uno de los ejes conceptuales del libro es lo que Aira llama «la guerra de la Narración y la Descripción». Para Cruikshank, la Descripción era «propia de los amos, los dueños del mundo», mientras que la Narración seguía siendo motivo de esperanza entre «el pueblo bajo, los explotados y sometidos». El escritor Diego Cano, autor del ensayo César Aira, el comité del significante, señala a La Nación que en esta novela «las torsiones de sentido, que suelen ocupar el primer plano de su literatura, retroceden», lo que deja ver «una capacidad expresiva que siempre estuvo ahí, pero que esta vez se impone con una fuerza inusual».

Aira es candidato recurrente al Premio Nobel de Literatura en casas de apuestas internacionales. Con esta entrega confirma que su productividad no mengua con los años. Conviene mirar los incentivos: en un mercado editorial donde la escasez artificial sostiene el valor del autor, Aira ha elegido exactamente la estrategia opuesta —volumen, velocidad, riesgo formal— y el reconocimiento crítico lo ha seguido de todas formas. La historia sugiere cautela ante quienes dicen conocer la fórmula del prestigio literario.

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