Cuarenta años después de su muerte, Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899 – Ginebra, 1986) vuelve a ocupar una pantalla grande. La biografía «Biografía de Jorge Luis Borges», dirigida por Mariano Llinás, se presentará en la Mostra Internacional de Cine de Venecia, según se conoció este jueves. El anuncio devuelve la atención sobre uno de los debates más fértiles que el escritor dejó abiertos: el de la lengua como territorio.
Borges vivió en España entre 1919 y 1921. De ese período y de sus años de formación surgió un ensayo que fue primero una conferencia, dictada en el Instituto Popular de Conferencias el 23 de septiembre de 1927, y publicada en libro al año siguiente. En ese texto, Borges formuló una posición que todavía incomoda a los extremos: «Lo también español no es menos argentino que lo gauchesco y a veces más: tan nuestra es la palabra llovizna como la palabra garúa, más nuestra es la de todos conocida palabra pozo que la dicción campera jagüel».
La tesis era doble. Por un lado, rechazaba la obediencia ciega al «memorioso y problemático español de los diccionarios». Por otro, desdeñaba igualmente la exageración de recurrir a jerga callejera —a la que describió como «jerigonza ocultadiza de los ladrones»— o de preferir voces gauchescas únicamente para marcar distancia con España, lo que calificó de «norma engañosa» y «pedantismo de nueva clase». Ni purismo peninsular ni folklorismo forzado: el idioma como herencia viva, no como disfraz.
La solución que proponía era deliberadamente antidogmática. «El deber de cada uno es dar con su voz», escribió, dentro de «la comunidad del idioma», que definió como el límite de lo entendible, «pared por medio de lo infinito».
El debate no quedó sin réplica. Hacia fines de los años veinte y comienzos de los treinta, Argentina discutía qué debía entenderse por lengua verdaderamente nacional. Roberto Arlt respondió al planteo borgesiano sosteniendo que el idioma argentino auténtico era el que se hablaba en las calles y espacios populares urbanos, y que ese argot debía ser el sustrato de una literatura genuina. El contraste fue preciso: lo que para Borges remitía al espacio de la pampa y al habla criolla de los mayores, para Arlt se circunscribía al espacio urbano de Buenos Aires.
Dos visiones, dos materias verbales, un mismo problema de identidad cultural.
La llegada de la biografía de Llinás a Venecia es, en ese sentido, más que un homenaje cinematográfico. Es la confirmación de que Borges sigue siendo un interlocutor incómodo para cualquier nacionalismo lingüístico, sea el que reivindica la pureza académica o el que eleva el habla popular a canon obligatorio. Ambos comparten el mismo defecto que él señaló: la impostura, el gesto de parecer en lugar de ser.
Conviene mirar los incentivos. Las disputas sobre lengua e identidad rara vez son inocentes: detrás suele haber una pretensión de autoridad sobre quién pertenece y quién queda fuera. Borges, que pasó su vida cruzando fronteras —geográficas, genéricas, idiomáticas— desconfió siempre de esa pretensión. Su vigencia, cuatro décadas después de su muerte y a punto de proyectarse en la Mostra, sugiere que la desconfianza era fundada.



