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Una novela policial sobre el silencio y la memoria en una costa argentina

La primera ficción de Raquel San Martín pone en el centro una desaparición reciente y otra de hace diez años, con un pueblo que prefiere callar. El dato importa más que el ruido: en esa trama, lo que se oculta pesa tanto como lo que se cuenta.
Imagen generada con IA
Culturadomingo 27 de septiembre de 2026

Editorial La Crujía acaba de publicar Una forma de cerrar los ojos, la primera novela de Raquel San Martín. La obra se presenta como una novela policial negra y tiene como protagonista a Paula, una antropóloga que trabaja con jóvenes detenidos en una institución carcelaria.

Paula llega a un pueblo de la costa atlántica donde pasó sus vacaciones en la infancia y donde vive su madre. En ese lugar, una mujer joven acaba de desaparecer. Pronto advierte que ese hecho se vincula con la desaparición de una adolescente ocurrida diez años atrás, un caso que nunca fue resuelto y sobre el que cayó un deliberado manto de silencio por parte de la población.

La protagonista también atraviesa una crisis matrimonial y se enfrenta a preguntas sobre su presente y su pasado. A partir de esa búsqueda, la novela cruza el caso policial con las preguntas y los silencios que atraviesan su historia familiar y amorosa.

San Martín explicó que la primera escena nació de una imagen: «Imaginé a una mujer despertando a la madrugada en un pueblo parecido al pueblo en el que finalmente termina sucediendo la historia». Esa escena se convirtió primero en un cuento y después en una novela. La autora dijo que le interesaba el policial porque permite contar «una historia» y, al mismo tiempo, hablar «sobre cuestiones que pueden tener que ver con la sociedad del momento o incluso con debates y discusiones mucho más profundas».

También señaló que la trama fue armándose mientras escribía, con las dificultades que eso implica. «La trama tiene que funcionar como un reloj», afirmó, al describir el trabajo de ajuste que exige el género. Para ella, una de las bases del libro era la memoria y la manera en que se cuenta el pasado. «Frente a un mismo hecho que vivimos las dos, vos vas a contarlo de una manera y yo de otra, y las dos son verdad», dijo.

Esa idea se amplía en la novela hacia una comunidad pequeña, casi tratada como un personaje. San Martín dijo que quería que ese pueblo «viera, escuchara, escondiera, hablara» y que el fondo de la historia mostrara qué ocurre cuando un lugar entero decide «acá pasó algo» o «acá no pasó nada».

La elección de la primera persona también formó parte del diseño narrativo. La autora contó que siempre pensó la novela en primera persona, aunque esa decisión le trajo dificultades posteriores. El centro, en todo caso, parece estar menos en el expediente que en la atmósfera: una comunidad, una desaparición y un silencio que aturde.

Conviene mirar los incentivos. Cuando un pueblo entero prefiere callar, la verdad deja de ser solo una cuestión moral y pasa a ser también una cuestión institucional. La omisión protege a algunos, castiga a otros y deja a la familia, a la víctima y a la comunidad con cuentas pendientes.

En ese sentido, la novela trabaja sobre un principio sencillo y vigente: sin memoria no hay orden, y sin orden la convivencia queda a merced de la sospecha. Ese es el fondo más serio de la historia, más allá del caso policial.

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