Durante años, Daun, Sara y Jung Un Chung Park compartieron la mesa. Hoy, en 678 Korean BBQ, esa costumbre familiar se convirtió en un restaurante de El Poblado donde se cocinan platos coreanos sobre una parrilla en el centro de la mesa.
La historia del negocio comienza con Sae Ok Park, la madre de los tres hermanos. En sus días finales de enfermedad, escribió en papeles las recetas de los platos que había preparado durante toda una vida para su esposo, Sang Yong Chung, y para sus hijos. Según la familia, lo hizo porque él no sabía cocinar y no quería que esas preparaciones se perdieran.
Sang Yong Chung llegó a Colombia por una oportunidad vinculada al taekwondo y más tarde ejerció como médico acupunturista. Sae Ok, chef, soñó durante años con abrir un restaurante coreano de mantel y servicio de mesa, pero ese proyecto no se concretó mientras vivía. Hace unos diez años murió y sus hijos decidieron abrir el negocio como homenaje.
El primer local tenía nueve mesas y empezó a recibir filas de clientes. Tras la caída de otros establecimientos durante la pandemia, la familia evaluó ampliar el negocio y abrió un espacio con capacidad para unas 110 o 120 personas.
La administración quedó principalmente en manos de los tres hermanos. Una de ellas trabajó durante 15 años en Bancolombia y estudió Ingeniería Administrativa, con especialización en Finanzas Corporativas. Renunció hace dos años para dedicarse al restaurante.
La carta también cambió. Al inicio ofrecía tres tipos de carne; hoy tiene 25 platos, además de diferentes cortes. Entre las opciones están la panceta, conocida en Corea como samgyeopsal, carnes con salsa bulgogi, pescados, mariscos y carnes importadas.
La técnica es parte central de la experiencia. A diferencia de un restaurante tradicional, en el Korean Barbecue cada persona cocina su alimento en una parrilla ubicada en la mesa y comparte la comida con los demás comensales. Para los hermanos, esa dinámica refleja una idea clave de la cultura coreana: la importancia de la comunidad.
Ellos explican que compartir la comida forma parte de las relaciones sociales y que incluso la expresión «¿ya comiste?» es una manera de preguntar por el bienestar de otra persona. Jung Un resumió esa lógica con una frase clara: «Aquí no está lo mío, mi forma de conseguir la comida. Está lo de todos, lo de nosotros».
La adaptación a Colombia también marcó la historia familiar. Cuando sus padres llegaron, conseguir ingredientes coreanos era difícil. Su madre preparaba platos de su país con productos disponibles en Colombia y buscaba acercar los sabores a los que conocía. Con los años, la oferta de ingredientes aumentó y la familia incorporó productos que antes eran difíciles de encontrar.
Hoy el restaurante ofrece preparaciones y postres con elementos de la gastronomía coreana, pero con modificaciones propias. También ha cambiado el público. Según los hermanos, al principio aproximadamente 70 % de los clientes eran extranjeros y 30 % colombianos. Con el tiempo, calculan que la proporción se acercó al 50 % para cada grupo.
Los hermanos atribuyen parte de ese cambio a la mayor presencia de la cultura coreana en Colombia. Las series de televisión, el K-pop y grupos como BTS han contribuido, según su experiencia, a que más personas se interesen por la gastronomía y las costumbres del país asiático.
Los tres hermanos son colombianos, hablan español, coreano e inglés y crecieron en un hogar donde el coreano era el idioma habitual. Pero cada uno desarrolló una relación distinta con ambas culturas. Daun mantiene una mayor cercanía con Corea; Sara y Jung Un se dicen paisas y prefieren frijoles, sancocho y chicharrón.
El restaurante funciona así como un punto de encuentro entre dos experiencias: la memoria coreana que dejaron sus padres y la adaptación a Medellín. Conviene mirar los incentivos. Cuando un negocio familiar logra sostener una tradición sin congelarla, gana el consumidor y también gana la ciudad, que suma diversidad sin perder arraigo.
La historia sugiere cautela frente a la idea de que la identidad se conserva sola. Aquí hubo trabajo, transmisión familiar y ajuste al mercado local. El resultado no es solo un menú: es una forma de libre empresa cultural, donde la continuidad depende menos de la nostalgia que de la capacidad de ofrecer algo que la gente quiera volver a comer.



