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Un migrante venezolano levanta un negocio gastronómico en España a fuerza de trabajo

Ángel Higuera cambió un abasto en Maracay por dos maletas y una idea; hoy su marca Tío Papelón emplea inmigrantes y exporta el sabor venezolano a Madrid y Barcelona.
Imagen ilustrativa
Negociosdomingo 6 de septiembre de 2026

La historia de Ángel Higuera, de 45 años, ilustra un patrón conocido en la diáspora venezolana: capital humano que sale de un país en crisis y encuentra en la libre empresa el camino de regreso a la prosperidad.

Nacido en Maracay, Higuera administraba un abasto y una panadería en su ciudad natal. En 2015 dejó ese negocio y emigró a Barcelona, España, con dos maletas. Empezó desde cero con una tienda de accesorios para móviles, un primer escalón antes de encontrar su verdadero rubro.

En 2019 fundó Tío Papelón, una marca que combina el trato español del «tío» con el «papelón», el dulce venezolano que da nombre al negocio. Su producto insignia son las llamadas «empanadas operadas», una receta traída directamente de Maracay que, según relata, tuvo una aceptación inmediata entre el público local.

El crecimiento del negocio le permitió abrir un segundo local junto a la Plaza Callao, en Madrid, y extender su operación al horario nocturno. Ambos locales funcionan hoy como punto de encuentro gastronómico y también como fuente de empleo.

Higuera ha recibido reconocimientos como el Mara de Oro y el Tacarigua de Oro, distinciones que celebran a venezolanos destacados en el exterior. Pero el emprendedor insiste en que el mérito no es solo comercial: dice apoyar con aportes a sectores vulnerables como Petare, en Venezuela, y sobre todo ofrecer «esa primera y vital oportunidad de empleo» a inmigrantes que llegan a España buscando una vida mejor.

«Somos venezolanos, gente trabajadora, gente honesta y tenemos que seguir dando el ejemplo», declaró Higuera para la iniciativa #SoyVenezolano, en una frase que resume el motor detrás de su expansión.

El caso no es una anécdota aislada. Cientos de miles de venezolanos han salido del país en la última década, y una parte de ellos ha optado por el emprendimiento como vía de integración en las economías de acogida. España, con una comunidad venezolana numerosa, se ha convertido en uno de los destinos donde ese patrón se repite con más visibilidad.

Conviene mirar los incentivos detrás de esta historia. Ningún subsidio ni programa estatal explica el ascenso de Tío Papelón: la marca creció por reinversión de utilidades, apertura de nuevos locales y contratación directa de personal, en un esquema clásico de acumulación de capital a partir del trabajo propio. Es la lógica de la libre empresa, no la de la dádiva, la que sostiene el crecimiento del negocio.

Hay también una lectura sobre integración migratoria que trasciende el caso individual. Cuando un migrante convierte su experiencia en fuente de empleo para otros migrantes, el beneficio no se limita al empresario: se traslada a quienes reciben ese primer contrato y a la economía local que gana contribuyentes productivos. La historia de Higuera funciona, en ese sentido, como contraargumento a la narrativa que reduce la migración venezolana a una carga: aquí se trata de generación de riqueza y empleo, no de dependencia de ayudas públicas.

El dato importa más que el ruido de los reconocimientos o los premios: dos locales, empleo directo y una marca reconocible en dos ciudades españolas son el resultado verificable de una apuesta empresarial sostenida durante una década. El resto —galardones, gestos solidarios, discurso de gratitud— acompaña, pero no sustituye, ese núcleo de mérito comercial.

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