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Un ajiaco en Bogotá que confirma el valor de la cocina local

Una joven extranjera calificó con «11» el ajiaco que probó en la capital, después de que su novio colombiano la llevara a un restaurante elegido en Google Maps. El episodio, viral en redes, termina siendo una defensa espontánea de una receta tradicional que sigue atrayendo a locales y visitantes.
Líderesmiércoles 7 de octubre de 2026

Una publicación sobre Bogotá abrió una conversación sencilla, pero reveladora, sobre la cocina colombiana. Un creador de contenido conocido como El Dane llevó a su novia extranjera a probar ajiaco santafereño en la capital y registró su reacción ante uno de los platos más representativos de la gastronomía local.

El joven explicó que quería llevarla a comer lo que, para él, es «el mejor plato de Colombia». Aclaró que se trataba de una apreciación personal, no de un resultado de encuestas gastronómicas. La pareja fue a un restaurante cerca de donde se encontraba. El creador dijo que evitó los establecimientos más conocidos para probar una versión cotidiana de la receta. «Simplemente busqué en Google Maps uno que estuviera bien calificado», señaló.

La joven extranjera no llegó sin referencias. El Dane comentó que su pareja tiene ascendencia italiana y holandesa, nació en España y creció entre Inglaterra e India, por lo que ha probado gran cantidad de platos a lo largo de su vida. También dijo que ya había comido ajiaco antes, aunque no en Bogotá, razón por la cual él decidió llevarla a la ciudad.

Cuando llegó el pedido, el video mostró los acompañamientos: mazorca, pollo, arroz, arepa, aguacate, alcaparras y crema de leche. La pareja conversó sobre esos ingredientes, en especial sobre las alcaparras. Ella las relacionó con la cocina del Mediterráneo. Él las comparó con las aceitunas.

La degustación también sirvió para contrastar el ajiaco con la bandeja paisa. A juicio del creador, la receta antioqueña sobresale por la cantidad de comida, mientras que el plato capitalino tiene un sabor particular por la combinación de maíz y papa. «Para mí es el mejor plato de Colombia», reiteró mientras probaba la preparación.

La respuesta de la joven llegó después de probar la sopa con sus acompañamientos. Al pedirle una calificación del 1 al 10, respondió: «11». Luego destacó la mezcla con aguacate y dijo que prefería comer el ajiaco con arroz antes que con arepa.

El creador de contenido le pidió probar el plato con alcaparras para comparar ambas versiones. Ella dijo que el ingrediente cambiaba el resultado, aunque no lo hacía necesariamente mejor: «Es diferente, no es mejor». Él, por su parte, se definió como un «puritano» del ajiaco y aseguró que prefería la preparación sin ese añadido.

La escena termina con una conclusión difícil de discutir: la capital sigue encontrando una de sus mejores vitrinas en una sopa tradicional que provoca lealtades, comparaciones y orgullo. El dato importa más que el ruido. Cuando un plato convoca a viajeros, locales y redes al mismo tiempo, no estamos ante una moda pasajera, sino ante una señal de valor cultural sostenido.

Conviene mirar los incentivos. La cocina que se mantiene viva no depende del eslogan oficial, sino de su capacidad para convencer al comensal en la mesa. En ese terreno, el ajiaco sale bien parado. Bogotá no solo exhibe una tradición; también capitaliza una experiencia que todavía parece tener demanda real.

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