El acuerdo de Donald Trump sobre Groenlandia amplía la capacidad de Estados Unidos para actuar allí «de por vida», según el propio presidente, y establece que ningún adversario estadounidense podrá tener una base, una presencia militar o inversiones sensibles en la isla sin aprobación escrita expresa.
La Casa Blanca presenta el pacto como una victoria para Washington y para Dinamarca. La lectura estratégica es más amplia: el control del Ártico vuelve a quedar en el centro de la rivalidad entre Estados Unidos y China.
Trump sostuvo que el acuerdo le da a Estados Unidos la capacidad completa de hacer lo necesario en Groenlandia para asegurar y defender la seguridad de Groenlandia y de Estados Unidos. También dijo que, desde ahora, ningún adversario de Estados Unidos podrá instalar una base, una presencia militar o inversiones sensibles en Groenlandia sin aprobación escrita.
La fuente atribuye a China un interés sostenido en el territorio. Según ese material, Xi Jinping empezó a invertir en naciones del Ártico cuando asumió en 2012. Groenlandia fue un objetivo principal. La Ley de Autogobierno de Groenlandia de 2009 no ponía una barrera real a la inversión china en infraestructura crítica.
En 2017, la inversión extranjera directa china alcanzó cientos de millones de dólares, equivalentes a cerca del 11% del producto interno bruto de Groenlandia. En comparación, la inversión china en Canadá representaba solo el 2.4% del PIB. China también intentó ampliar su presencia con ofertas para contratos de construcción destinados a expandir aeropuertos, pero Dinamarca bloqueó esa movida.
El texto insiste en que Groenlandia es un «parcela de tierra altamente estratégica», en palabras de Trump, y recuerda que en Davos, en enero, la llamó una «isla enorme, sin seguridad» y un «interés central de seguridad nacional» de Estados Unidos.
La razón práctica es militar. La base de la Fuerza Espacial de Estados Unidos en Pituffik, a 750 millas al norte del Círculo Polar Ártico, alberga un radar de matriz en fase que forma parte de una red mejorada de alerta temprana para detectar misiles balísticos, vigilar órbitas y seguir satélites. También hay unidades que ofrecen seguimiento remoto y mando y control de satélites estadounidenses y aliados.
Conviene mirar los incentivos. Si Groenlandia importa tanto para la defensa, entonces la pregunta no es si habrá competencia, sino quién fija las reglas. Trump ha optado por endurecerlas y excluir a China del tablero.
Ese giro favorece la lógica de la seguridad nacional y protege activos militares que no admiten ingenuidad. También subraya un principio elemental de soberanía: quien controla la infraestructura crítica controla una parte decisiva del equilibrio internacional.
La otra lectura es menos cómoda para quienes celebran la globalización sin límites. Durante años, el dinero chino avanzó por continentes enteros mientras Occidente asumía que el comercio bastaba para contener la ambición estratégica de Pekín. Groenlandia muestra que ese supuesto era débil. El dato importa más que el ruido.



