Donald Trump adelantó que la inteligencia artificial, rebautizada por él como «superinteligencia», será un tema clave en sus reuniones con Xi Jinping. En Truth Social dijo que quería «dejarlo exactamente donde está» y añadió que esa sería también la postura de China.
La señal importa porque la rivalidad tecnológica entre Washington y Beijing ya no se limita a chips, comercio o acceso a componentes avanzados. Conviene mirar los incentivos. Si ambas potencias consideran que van por delante o que aún pueden ganar terreno, la tentación natural es acelerar antes que regular.
China confirmó este jueves un primer contacto con Estados Unidos sobre inteligencia artificial dentro del mecanismo de consultas para mantener la tregua comercial. Esa tregua expira el 10 de noviembre, según la nota, y había permitido contener parte de la escalada arancelaria y suspender algunas restricciones cruzadas en ámbitos como las tierras raras y los productos de alta tecnología.
El dato relevante es que el diálogo existe, pero avanza con lentitud. Beijing y Washington ya habían acordado durante la visita de Trump a China en mayo establecer un canal intergubernamental sobre IA, aunque esta vía apenas ha avanzado. También está sobre la mesa una propuesta estadounidense para crear un mecanismo de notificación de incidentes relacionados con la IA, a la que la parte china todavía no ha respondido.
Trump sostuvo que Estados Unidos lleva ahora «la delantera» frente a China y al resto del mundo. Añadió que no va a frenar el crecimiento de algo que, dijo, será más grande que «la Revolución Industrial o que Internet mismo». Esa frase resume la lógica de fondo: quien cree que domina una tecnología de propósito general suele preferir que la regulación llegue tarde, si llega.
Del lado chino, la respuesta pública citada en la fuente no confirma una pausa más larga de la tregua comercial. Tampoco confirma compromisos concretos sobre la IA. Lo que hay es una combinación de rivalidad, consultas técnicas y una negociación abierta que todavía no produce reglas claras.
Esa ausencia de reglas verificables no es un detalle menor. Cuando dos superpotencias compiten por la supremacía tecnológica, el riesgo es que cada una subestime los efectos sistémicos de correr más rápido. El costo no lo pagan solo las empresas que compiten por liderazgo. También lo absorben los contribuyentes, los consumidores y, en última instancia, la seguridad nacional de ambos países.
Para Washington, la apuesta de Trump refuerza una idea conocida: la innovación debe avanzar sin que el aparato estatal asfixie el desarrollo. Pero una cosa es no trabar la libre empresa y otra muy distinta dejar sin mecanismos mínimos una tecnología que, según el propio Trump, podría superar a Internet. Ahí aparece el dilema real.
El orden internacional entra en una fase donde la tecnología ya no es solo negocio. Es poder. Si EU y China optan por dejar las cosas como están, la consecuencia probable es una carrera más rápida y menos previsible. Y cuando la competencia se acelera sin salvaguardas suficientes, los incentivos suelen castigar al prudente y premiar al primero que cruza la línea.


