Un sismo de magnitud 7,4 sacudió a Colombia en la mañana del lunes 10 de agosto. El balance preliminar registró cuatro muertos y 69 heridos, con derrumbes de viviendas en Chocó y afectaciones reportadas en Quibdó, Cali, Armenia, Manizales y Pereira. Casi de inmediato, las redes sociales se llenaron de publicaciones que aseguraban predecir réplicas inminentes de igual o menor magnitud.
El Departamento Administrativo de Gestión del Riesgo de Desastres de Medellín (DAGRD) salió a desmentirlo en X: los sismos son impredecibles. Julio Fierro Morales, director del Servicio Geológico Colombiano (SGC), la entidad nacional encargada de monitorear en tiempo real el riesgo de desastres naturales, reiteró el mismo mensaje en video.
La desinformación circula rápido, pero el problema de fondo es más antiguo que cualquier red social: la ciencia no ha encontrado la manera de anticipar terremotos.
Lo que la geología sí puede decir
Miguel Ángel Rodríguez Pascua, geólogo y científico titular del Instituto Geológico y Minero de España (IGME), lo resume con precisión: «Si se han realizado los estudios adecuados, la geología podría indicarnos cómo de grandes y dónde van a ser los terremotos, lo que no podemos determinar es cuándo».
El mismo experto apunta al primer obstáculo estructural: la escasez de datos históricos. Los grandes terremotos se espacian mucho en el tiempo. Si en un lugar determinado el período de retorno es de 3.000 años, es posible que el siguiente esté cerca sin que nadie lo sepa, simplemente porque no hay registro del anterior.
Señales prometedoras, evidencia insuficiente
Un artículo publicado en 2023 en la revista científica Nature identificó fenómenos que algunos investigadores han asociado a sismos: el aumento de radón en fuentes de agua —vinculado a pequeñas grietas en rocas subterráneas— y comportamientos inusuales en animales. Sin embargo, la misma publicación advierte que no existe evidencia científica suficiente para afirmar que estos indicios permitan predecir un terremoto. Algunos ocurren por razones independientes; en otros casos, los sismos se han producido sin que apareciera ninguna señal previa.
Los modelos matemáticos que buscan reproducir el movimiento de las placas tectónicas enfrentan un problema de escala: anticipar un terremoto con precisión requeriría conocer y analizar en detalle gran parte de la corteza terrestre, una tarea que excede la capacidad instrumental disponible.
En años recientes, investigadores han recurrido al aprendizaje automático para analizar grandes volúmenes de datos —registros de sismómetros, mediciones de cambios en la superficie terrestre— en busca de patrones. Los avances son prometedores, pero los modelos aún carecen de la precisión necesaria para ser confiables. Dos limitaciones los frenan: los terremotos ocurridos hace más de 25 o 30 años no cuentan, en muchos casos, con registros digitales detallados; y los eventos de gran magnitud son tan poco frecuentes que los sistemas aprenden principalmente de sismos pequeños, con dificultades para identificar los más destructivos.
La paleosismología —disciplina que estudia terremotos ocurridos hace cientos o miles de años mediante excavaciones en terreno— busca llenar esos vacíos estimando magnitudes de eventos sin registro escrito o digital.
La brecha entre el conocimiento y la preparación
Conviene mirar los incentivos. La incapacidad de predecir terremotos no es un fracaso pasajero de la ciencia: es una restricción estructural que obliga a desplazar el esfuerzo hacia la resiliencia —normas de construcción, sistemas de alerta temprana, planes de evacuación— antes que hacia la predicción.
El dato importa más que el ruido. Cada vez que circula una predicción falsa en redes sociales, el daño no es solo informativo: erosiona la confianza en las instituciones técnicas que sí tienen algo útil que decir sobre riesgo sísmico. En un país con la exposición geológica de Colombia, esa confianza es un activo público que vale la pena proteger.



